Buenas intenciones, terribles consecuencias: Kanan Makiya y la memoria Iraquí

En enero de 2003, Kanan Makiya, profesor de la universidad de Brandeis, y otros dos exiliados iraquíes fueron invitados a la Casa Blanca para reunirse con George W. Bush. Fue ahí donde le aseguraron al presidente que los iraquíes recibirían a las tropas estadounidenses “con dulces y flores”, reportó George Packer, en su artículo ‘Dreaming of Democracy’, (The New York Times Magazine, 2 de marzo 2003).
Makiya, un egresado de MIT, que en sus años universitarios se decía marxista y apoyaba la causa palestina, se había convertido a inicios del siglo XXI en una celebridad entre la comunidad exiliada iraquí, debido a su activa militancia en contra del régimen de Saddam Hussein. En 1989, mientras trabajaba como arquitecto para su padre, en Londres, Kanan escribió y publicó (bajo el seudónimo de Samir al Khalil) Republic of Fear, una denuncia de las atrocidades que se vivían como cotidianidad en Irak.
El libro solo tuvo un gran impacto cuando Hussein invadió Kuwait en agosto de 1990. Entonces se tornó una especie de referencia, texto obligatorio para quien quisiera entender la situación en Irak o por lo menos para justificar la visión que Occidente tenía del régimen iraquí.Otro exiliado iraquí, el tristemente célebre Ahmed Chalabi, compró cientos de ejemplares del libro (antes de conocer a Kanan) y los repartió entre la comunidad exiliada, políticos y periodistas estadounidenses para promocionar su caso.

Al término de la Primera Guerra del Golfo, Makiya se consideraba un experto en el tema. Viajó numerosas veces al kurdistán iraquí (el cual ya no se encontraba bajo el control de Hussein) y escribió el libro Cruelty and Silence, donde acusaba al mundo árabe de cobardía y complicidad con el régimen de Saddam. En ese libro denunciaba a los líderes árabes por su rabioso antiamericanismo, el cual argumentaba estaba injustificado.

Cuando los vientos de guerra comenzaron a soplar en 2002, y el régimen de Bush preparaba su invasión de Irak, con un arsenal de mentiras, distorsiones y propaganda, Makiya se convirtió en uno de los principales defensores de la acción armada. Pero para él no eran importantes las razones de Bush (armas de destrucción masiva, alianzas de Bagdad con al Qaeda y el peligro latente que representaba Saddam para los EUA); su lógica era que la guerra era la única forma de rescatar al pueblo iraquí de un régimen genocida como el de Hussein. Makiya creía que derrocar a Hussein era una “oportunidad histórica”, que haría posible a la democracia florecer en el Oriente cercano.
Makiya elaboró un esbozo de constitución e hizo una lista de los 45 líderes del régimen que debían ser condenados por crímenes contra la humanidad. El académico y autor, imaginaba que Irak sería como Sudáfrica después del apartheid o Alemania democrática después de la caída del Muro de Berlín. De hecho, el periodista Dexter Filkins, cuenta que Makiya visitó las oficinas de la desaparecida agencia de inteligencia alemana, Stasi, que había sido convertida en un archivo abierto, donde los ciudadanos podían ver la clase de abusos que se habían cometido contra ellos. Esta apertura lo inspiró.
Makiya llegó a creer que Chalabi, a pesar de su reputación como criminal, estafador, mercader de la muerte e intrigante, podría llegar a ser el “Mandela iraquí”; más tarde se decepcionó profundamente de sus manipulaciones.
Hoy ha quedado muy claro que la ingenuidad y la ignorancia política no son una buena base para pregonar guerras en países lejanos. A estas alturas, Makiya ha podido constatar que las multitudes no llegaron a recibir con flores a los soldados estadounidense, que la ocupación ha sido una fuerza devastadora que ha reducido al estado a ruinas, que cientos de miles de vidas iraquíes se han perdido y millones de iraquíes han tenido que abandonar el país; Estados Unidos y sus aliados ya se reparten los beneficios del petróleo iraquí, la liberación de Irak es un estigma que ha destruido la reputación estadounidense y el caos sembrado en la región durará por décadas. La guerra hubiera tenido lugar de cualquier manera, a final de cuentas ni Makiya ni sus socios fueron tan relevantes como imaginaron para la salvar a Irak, el equipo Bush y sus neoconservadores los usaron como un argumento propagandístico más.
Filkins escribe que el sueño de Makiya era construir un museo para los archivos del partido Baaz en el lugar donde está el Arco de la Victoria, el monumento construido por Hussein para conmemorar su presunta victoria sobra Irán, a un costo de un millón de vidas. Makiya creó la Fundación para la Memoria Iraquí, un grupo consagrado a documentar las atrocidades del régimen de Hussein.
De acuerdo con Edward Wong, Makiya tiene en su sala, ocho discos duros con más de once millones de páginas de documentos que “encontró” tras la caída del gobierno, en oficinas abandonadas en Bagdad. Por el momento su sueño de un museo en Bagdad tendrá que ser pospuesto, pero ya ha negociado con la universidad Stanford para guardar la base de datos.
Como escribe Hugh Eakin, en su artículo ‘Iraqi Files in U.S.: Plunder or Rescue?’ (New York Times, 1 de julio de 2008) su valeroso restante parece hoy un claro saqueo. El director de la biblioteca nacional de Irak y el ministro de cultura han declarado que los documentos fueron retirados ilegalmente del país y deben ser regresados sin la menor demora ni excusa.
La toma de estos documentos se encuentra en línea con los tradicionales saqueos de reliquias cometidos en las guerras e invasiones coloniales. Varias instituciones culturales del mundo, como la Asociación canadiense de Archivistas y la Sociedad Estadounidense de Archivistas se han unido al gobierno iraquí en su reclamo.
Makiya, con todo y sus buenas intenciones, se ha convertido en una figura trágica más en la espantosa historia reciente de Irak, y su rescate de aquellos documentos es el epílogo apropiado a una guerra que él pensó rescataría a su pueblo.
