Homo Cyborg-Naief Yehya

July 16, 2008

Israel y Palestina: 60 años de la más catastrófica convivencia

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El 14 de mayo de 1948 David Ben Gurion anunció la independencia unilateral del estado de Israel. Hubiera sido imposible imaginar que 60 años más tarde esa pequeña nación se hubiera convertido en una potencia atómica regional donde florecen las artes, la cultura, la educación, la industria, la alta tecnología y la democracia. Israel se volvió un país desarrollado con una vibrante economía en un parpadeo de seis décadas. Así mismo se constituyó en un estado acorazado imbatible, con uno de los ejércitos más poderosos del mundo y los servicios de espionaje e inteligencia más eficientes de nuestro tiempo.
Cuando Ben Gurion declaró la independencia se peleaba una guerra en Palestina entre los inmigrantes judíos y los “nativos” árabes. Estos últimos fueron fácilmente derrotados y a pesar de que en su mayoría fueron expulsados de sus tierras, de que sus pueblos fueron literalmente borrados del mapa y su historia fue sepultada, el conflicto aún no ha terminado, por el contrario se ha exacerbado, tornado más crudo y más complejo. La limpieza étnica del territorio no resolvió el problema territorial sino que propició nuevos conflictos, resentimientos irreparables y nuevas guerras regionales, una de ellas, la Guerra de los seis días, de 1967, la que sirvió a Israel de pretexto para ocupar, en contra de todo mandato de las Naciones Unidas, toda Palestina, las alturas del Golán, pertenecientes a Siria, el Sinaí egipcio y toda la ciudad de Jerusalén.
La independencia israelí es también el día del Naqba o de la catástrofe. Un mismo evento visto por estos dos pueblos no podría ser más distinto. Mientras para unos representa la liberación de las potencias europeas y la oportunidad de formar una nación, para otros es el comienzo de un proceso de humillación, marginación, despojo y eventualmente lento exterminio en tanto que pueblo. 60 años de estado judío son también 60 años de guerra que pueden resumirse en un conflicto que ha hecho a las partes sentirse más que enemigos.
El principal problema para entender el conflicto israelí palestino es que muchas personas no saben que en realidad se trata de dos problemas distintos. Por un lado tenemos a una población árabe israelí (1.3 millones, alrededor del 20% de la población) relativamente asimilada que vive dentro de Israel, disfruta de la mayoría de los privilegios de ser ciudadanos de un país desarrollado y tiene representación parlamentaria aunque tengan motivos para sentirse ciudadanos de segunda clase. Por otro lado está la población de los territorios ocupados en 1967, que son palestinos considerados como extranjeros, una sociedad apátrida que lleva 40 años viviendo bajo un brutal régimen militar. Esta última es una de las sociedades más marginadas del mundo, que bajo el pretexto de la seguridad nacional viven en una situación de estrangulamiento. Los árabes israelíes son vistos con creciente desconfianza y temor, ya que ante los ojos de algunos ponen en riesgo la naturaleza judía del estado.
Los palestinos de los territorios están divididos entre la franja de Gaza, la cual presuntamente fue devuelta a los palestinos bajo el gobierno de Ariel Sharon (8000 colonos fueron retirados pero Israel conserva el control de las fronteras, el mar, el espacio aéreo y la prerrogativa de intervenir en cualquier momento) y en Cisjordania. Gaza por su parte es una zona de desastre, la región más sobre poblada del mundo, donde la gente padece terribles condiciones de miseria, vivienda, sanidad, educación, miedo permanente y donde la población civil está en el medio de la batalla entre el ejército israelí y las milicias que obstinadamente siguen creyendo que: “Lo que fue arrebatado por la fuerza deberá ser recuperado por la fuerza”. En Cisjordania y Jerusalén este viven alrededor de 400 mil colones en numerosos asentamientos dispersos y conectados por vías carreteras de uso exclusivo de los colonos.
Cualquier discusión alrededor del conflicto árabe israelí cae inevitablemente en los mismos argumentos cansados, en la retórica de la victimización, en las mutuas acusaciones de terrorismo y de terrorismo estatal, en premoniciones oprobiosas, arrebatos fanáticos y teorías conspiratorias. Pero finalmente nada es más contundente que los “hechos en el terreno”, la materialización de la ideología en forma de la prisión ghetto más grande del mundo que es Gaza, la bantustanización de Cisjordania y el muro de separación, esa nueva “cortina de hierro”, cerco de lamentaciones que es la trinchera y frente de combate del “choque de las civilizaciones”.
En una tierra cargada de simbolismo gastado, anodino e inane, esta brutal, y en algunas partes gigantesca, muralla representa el impasse a cualquier forma de conciliación y tolerancia. El muro es un monumento de cemento y metal a la paranoia y al complejo de culpa. Mientras es cierto que esta construcción ha reducido el número de ataques terroristas también es la renuncia definitiva a la diplomacia y cualquier iniciativa de paz. Pero es más que eso ya que también representa la mineralización del sueño del padre del sionismo, Theodor Herzl, quien ofreció a las potencias europeas ser: “…un sector de la muralla en contra de Asia, serviremos como la vanguardia de la cultura en contra del barbarismo”, como cita James L. Gelvin en su libro The Israel-Palestine Conflict: One Hundred Years of War. Esa visión decimonónica sigue dominando la percepción de quienes ven en ese muro una protección de la otredad, una evocación nostálgica de la era del colonialismo británico, el retorno a un tiempo donde “Los salvajes sabían cual era su lugar”. Como apunta Uri Avnery los colonos judíos de Palestina pudieron elegir entre integrarse y aceptarse como un pueblo asiático de retorno a sus orígenes pero escogieron ser los amos blancos, modernos cruzados sin cruz.
No hay duda que los colonos encontraron hostiles a los locales, especialmente cuando éstos entendieron sus intenciones y su capacidad para adquirir tierras legal e ilegalmente. El estado sionista fue construido a partir de la ilusión de una nación sin fronteras que se extiende de acuerdo a sus necesidades, caprichos y capacidades militares. Ben Gurion fue cuidadoso al no comprometerse a ninguna limitante territorial y las fronteras determinadas por la ONU en 1947 no tenían ningún significado para él.
A sus 60 años el estado de Israel sigue padeciendo de curiosas pesadillas, temiendo desaparecer entre masas árabes que se reproducen velozmente, aterrados por ser tirados al mar o eliminados por enemigos pavorosamente inferiores como los grupos Hamás y Hizbollá o borrados por imaginarias bombas atómicas iraníes. A sus 60 años Israel no tiene proyecto alguno de paz ni intención realista de negociar ya que la paz implica confrontar al movimiento de los asentamientos, una masa en su mayoría radical, indisciplinada, apocalíptica, racista y cegada por el fervor religioso. Los colonos que viven una fantasía inspirada tanto por la Biblia como por John Wayne y el mito del viejo Oeste estadounidense, han logrado secuestrar la situación política y dictar sus términos lunáticos al estado.
Más que temer por la supervivencia a sus 60 años Israel debería temer por su legado, por preguntarse si vale la pena seguir nutriendo aún el resentimiento y si el pragmatismo del despojo, la depredación y la marginación es decente o moral. Es tiempo de reconocer que no se puede ser una sociedad democrática y al mismo tiempo un pueblo invasor y opresor. Es hora de considerar que la única solución es una sola Palestina o Israel, completa, un estado libre, laico, democrático, pacífico, con libertad de credo (pero que censure a los líderes carismáticos fascistas), donde los mitos religiosos y fantasías místicas no tengan peso político y sobre todo un estado donde todo mundo sea igual ante la ley.






















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