Homo Cyborg-Naief Yehya

April 8, 2008

De la cura del agua al waterboarding

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Tablas de emociones
Snowboarding, skateboarding y waterboarding. Nada puede sonar más divertido y excitante que estos tres términos que parecen evocar deportes extremos: deslizarse sobre la nieve, el asfalto y quizás el agua a alta velocidad. Pero la intensa segregación de adrenalina y emociones que producen las dos primeras actividades es muy distinta del efecto de la tercera. El último de estos términos no se refiere a una actividad digna de los X-Games sino a una brutal forma de tortura aparentemente inventada por la siempre ingeniosa Santa Inquisición española. La toca o tortura del agua consistía en acostar al sujeto boca arriba, meterle un trapo u otro objeto en la boca para obligarlo a mantenerla abierta y verter agua sobre su cara para que sintiera ahogarse. Actualmente hay muchas variantes de este suplicio pero en todas el objetivo es crear la sensación de ahogamiento, la agonía de respirar agua. Es de imaginar que para los inquisidores la idea del agua evocaba limpieza, purificación del cuerpo y espíritu de los pecadores. La realidad era mucho menos pulcra, se trataba de un procedimiento espantoso que provocaba un dolor devastador (según quienes lo han experimentado soportar más de 15 segundos parece insoportable), podía causar daño cerebral y una agonía que podía concluir con la muerte. Los torturados se inflaban “como sapos” y cuando estaban a punto de estallar el torturador les apretaba el vientre para hacer salir el agua y recomenzar. Lavarle las entrañas a un hereje no podía era considerado como una tortura sino como un remedio para el espíritu. De ahí que se le rebautizara la cura del agua. Dado que se trata de una tortura que no deja huellas visibles y que en esencia no es sangrienta algunos la consideran como una práctica light, un tormento más humano que la “muerte de los mil cortes” china, que los desollamientos, las castraciones, la doncella de hierro, los calderones de aceite hirviente y los toques eléctricos en los genitales, entre otros. Quizás por eso el gobierno de Bush decidió reincorporarlo al arsenal de recursos para buscar la verdad. En algún momento de la historia el nombre de esta práctica que se ha empleado desde Camboya (por el Khmer rouge), hasta Chile (a manos de los verdugos de Pinochet), pasando por las tropas francesas de ocupación de Argelia, pasó de rebautizarse: waterboarding, un nombre a la moda, pegajoso y moderno, justo lo que no debería ser ninguna forma de tortura.
Otros tiempos
En 1898 el gobierno de los Estados Unidos decidió llevar sus ideales de libertad y democracia más allá de sus fronteras. El tiempo de los imperios había terminado por lo que los EUA decidieron liberar a dos colonias del imperio español: Cuba y Filipinas. El comodoro George Dewey se encargó de transportar de regreso a Filipinas al revolucionario exiliado Emilio Aguinaldo, quien con el apoyo de sus protectores derrotó a las tropas españolas invasoras en tierra y creó un gobierno. Después de un tiempo los estadounidenses decidieron que los filipinos todavía no podían gobernarse a sí mismos (en particular cuando se dieron cuenta que esas islas eran un trampolín perfecto para China y el sudeste asiático). Así que los liberadores que habían sido recibidos con flores y dulces se convirtieron en los nuevos invasores, determinados en liberar al pueblo del gobierno de Aguinaldo. Esto dio lugar a una insurrección popular que los soldados estadounidenses contrarrestaron a sangre y fuego, con encarcelamientos masivos, quemas de aldeas, matanzas de civiles y por supuesto, grandes dosis de tortura. Una investigación al respecto de la conducta de las tropas concluyó afirmando que las acusaciones de tortura de los nativos habían sido infundadas o gravemente exageradas. Como escribe Paul Kramer en su artículo “The Water Cure” (The New Yorker, 25/02/08), el Secretario de la guerra, Elihu Root, declaró que era la insurgencia filipina la que se comportaba con “crueldad bárbara común entre las razas no civilizadas. Según Root la campaña estadounidense había sido llevada a cabo “con escrupulosa atención de las reglas de la guerra civilizada, con consideración cuidadosa y genuina para el prisionero y los no combatientes, con mesura y con humanidad nunca rebasadas, y tal vez no igualadas en ningún conflicto, merecedora únicamente de elogio y capaz de reflejar crédito en el pueblo estadounidense”. Sin embargo, algunos “negaban, debido a su raza, que los filipinos merecieran los límites protectivos de la guerra civilizada”, escribe Kramer en un sórdido eco de lo que hoy se dice de los militantes islámicos. (sigue)
Cambio de reglas
Tras los ataques del 11 de septiembre el vicepresidente estadounidense Dick Cheney dio manos libres a su consejero personal, David Addington para que diera forma a una estrategia agresiva que sería una de la ramas de la denominada guerra contra el terror, aquella que tenía el objetivo de rastrear, capturar y hacer confesar a los enemigos de los Estados Unidos en donde quiera que estuvieran. Addington de manera silenciosa es autor de algunas de la políticas más controvertidas del gobierno Bush, como el uso de cárceles secretas de la CIA distribuidas por le mundo en las que desaparecen presos de todos orígenes, la práctica de la “rendición extraordinaria” de sospechosos que son llevados a otros países para ser torturados, el espionaje telefónico sin autorización jurídica de cualquiera en territorio estadounidense y el uso de la tortura para obtener confesiones. Los defensores de estas prácticas extremas aseguran, por supuesto, que han dado resultados, que de otra manera no se hubiera conseguido. Por ejemplo la confesión de Khalid Sheik Mohammed (o KSM), el presunto autor intelectual de los ataques del 11 de septiembre, quien tras sesiones de waterboarding, reveló su papel en ese ataque y prácticamente en todos los actos de terrorismo relevantes de las últimas décadas. No obstante, KSM había confesado su participación antes de su captura en una entrevista con Yosri Fouda, para al Jazeera el 9 de septiembre del 2002, aparentemente sin haber sido objeto de ningún tormento.
Ticking bomb
La justificación favorita de los apologistas de la tortura es el cuento de la bomba a punto de estallar. Ese mito completamente irreal y que nunca en la historia ha tenido lugar que consiste en suponer que un prisionero sabe donde está una bomba y con tan sólo torturarlo lo suficiente revelará la localización justo a tiempo para impedir una tragedia. Este escenario hipotético es el corazón de la serie televisiva 24 y de numerosas obras de ficción, pero al quererlo transplantar a la vida real se borran los límites de la decencia y se producen monstruos en forma de individuos e instituciones sádicos y fuera de control que creen hacer el bien al intimidar, explotar las debilidades y lastimar sospechosos.
El manual
Por lo menos en teoría los interrogadores del ejército, la CIA y otras agencias debían limitarse a 19 métodos aprobados por el Manual de campo del ejército, entre los que se cuentan tácticas como la de “policía bueno - policía malo”, aislamiento y “bandera falsa” (cuando un interrogador estadounidense se hace pasar por representante de otro país). Estos métodos en general producen buenos resultados. No olvidemos que tras la Segunda Guerra Mundial algunos de los generales y oficiales nazis así como científicos en cautiverio confesaron a su captores estadounidenses miles de secretos del régimen sin necesidad de que se les arrancara una sola uña. Como declaró el exinterrogador y físico de MIT, Henry Kolm, de 90 años al Washington Post (“Fort Hunt’s Quiet Men Break Silence on WWII”, de Petula Dvorak, 6/10/2007) . “Obteníamos más información de un general alemán con un juego de ajedrez o ping pong de lo que obtienen hoy con sus torturas”. En el mismo artículo George Frenkel, que hoy tiene 87 años, dice: “Durante los muchos interrogatorios que hice nunca le puse las manos encima a nadie. Extraíamos la información en una batalla de ingenio. Me enorgullece decir que nunca comprometí mi humanidad”.

El verdadero objetivo
La tortura más que una herramienta para extraer información es un mecanismo de terror, es represión individualizada pero de efecto expansivo. Su verdadera meta es inyectar miedo en la población de manera selectiva. Lo que se quiere no es que el sujeto confiese, eso es meramente marginal, se necesita doblegarlo, romper su espíritu, obligarlo a traicionar a sus camaradas, a su causa y a sus seres queridos. En Irak o Palestina, como lo fue antes en las Filipinas, la tortura es la expresión de la frustración del ocupador ante su incapacidad para controlar a otro grupo considerado débil o inferior pero que actúa con rebeldía o desobediencia. No puede haber tortura sin un elemento de condescendencia, racismo y desprecio profundo por el otro. Sólo es posible abusar de un cautivo si se le ha deshumanizado, convertido en una idea y transformado su dolor en señal, código para ser interpretado para descubrir la verdad.






















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