La década de los Expedientes X
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La década de los 90 terminó el 11 de septiembre del 2001.
Con esa tragedia concluyó una era de excesos, opulencia, frivolidad y alegre decadencia que, retomando las palabras de Alan Greenspan, podría definirse por su exuberancia irracional. En los 90 se cumplió la profecía de Bill Gates de que todo escritorio sería ocupado por una computadora personal; fue la era en que el resto del mundo accedió a internet, en que la telefonía celular se tornó epidémica y en que los asistentes personales electrónicos se elevaron a artefactos de devoción. La última década del siglo XX se caracterizó por prometedoras pero falaces iniciativas de paz (Palestina-Israel, Irlanda del norte) y por masacres inconcebibles (Ruanda, Bosnia, Chechenia, Irak, Sierra Leona). Los 90 representaron una era de apertura, así como de posibilidades e ilusiones frustradas. Pero si algo marcó la imaginación de la época fue la incredulidad en las ideologías, la desconfianza en las autoridades y el franco cinismo hacia los políticos y las corporaciones. Ahora bien esta oleada de escepticismo generalizado no fue producto de un revolucionario, sino por el contrario fue el resultado del colapso de las utopías y la cruda que dejó el colapso del bloque soviético.
Los 90 vieron como la cultura popular se impregnó con el virus herético de la ironía. Burlarse, parodiar y ridiculizar todo y a cualquiera, dejó de ser patrimonio de la contracultura para volverse entretenimiento de masas. La política, la cultura corporativa y en particular la religión perdieron su carácter solemne y se transformaron en materia prima para la caricatura, a veces realizada desde dentro de esas mismas instituciones. Paradójicamente al tiempo en que tenía su auge esta epidemia de irreverencia, millones de personas se entregaron a la euforia desquiciada por Wall Street y a la fe ciega en los dot coms. Y por supuesto, los 90 fueron la década del renacimiento del extremismo religioso, en parte debido a una crisis de valores pero también gracias a los manejos sucios de la CIA y otros servicios de inteligencia quienes ayudaron a los fanáticos a organizarse y radicalizarse para sus propios fines.
Entre todas las manifestaciones de la cultura popular pocas reflejan mejor el espíritu de esta era que la serie televisiva Los expedientes secretos X, creada por Chris Carter para la cadena Fox. La serie era protagonizada por el entonces poco conocido David Duchovny, en el papel de Fox Mulder, un agente del FBI obsesionado con toda clase de fenómenos paranormales, y por Gillian Anderson, como la agente Dana Scully, quien aparte de ser doctora está encargada de cuidar a Mulder y mostrarle que todo tiene una explicación lógica. Curiosamente el programa debutó el 10 de septiembre de 1993 (tres días antes de que se firmara el emblemático y fracasado tratado de paz de Oslo entre palestinos e israelíes). La serie comenzó presentando casos supuestamente inspirados en la realidad. Afortunadamente esta idea fue abandonada pronto y los Expedientes se convirtieron en una serie de culto que cautivó a millones al canalizar el escepticismo, la ironía y la paranoia dominante en el zeitgeist. Carter supo transformar viejos temas del cine de serie B de horror y ciencia ficción en metáforas de las obsesiones contemporáneas.
Tras un largometraje en 1998 que no tuvo el éxito esperado, la deserción de Duchovny y un cierto desgaste natural, la serie llegó al siglo XXI con dos nuevas estrellas (Robert Patrick y Annabeth Gish) y un auditorio en disolvencia. La puntilla se la darían los atentados del 11 de septiembre, los cuales crearon una atmósfera de patriotismo obediente y rabioso que dejaba muy poco espacio para las teorías conspiratorias y la desconfianza en la autoridad. La era del escepticismo había fallecido bajo los escombros del WTC y con ella los Expedientes X, una de las series más inteligentes y mordaces de la historia de la televisión, fueron enterradas como daño colateral del terrorismo y de la guerra contra el mismo.
