La Final de Alemania 2006: una lectura de imágenes
“Si el escándalo no hubiera sucedido yo creo que no hubiéramos ganado la Copa del Mundo… Nos ha dado más fuerza”
Gennaro Gattuso
El drama y la caricatura
Comenzaremos por el final, o más bien por la Final. La Copa del Mundo Alemania 2006, como todos sabemos culminó de manera inesperada, desafiando la lógica y todo pronóstico razonable en tanto a los equipos que lograron llegar a ella, Francia e Italia, y debido a que se tornó en un desenlace dramático, anticlimático y trágico. Una final que terminó opacada por el tristemente célebre cabezazo de Zinedine Zidane contra el pecho del italiano Marco Materazzi. Esta inesperada reacción del futbolista más brillante de las últimas dos décadas liquidó la fantasía épica que Zidane protagonizó al sacar a su equipo de un pesado letargo con que se arrastró durante la primera fase del torneo. La selección francesa apenas logró calificar a octavos de final, en buena medida porque su último rival fue Togo, equipo al que pudo derrotar. Pero a partir de entonces todo cambió y Zidane se convirtió en el héroe de un Mundial en el que originalmente no pensaba participar, ya que se había despedido portando la camiseta del Real Madrid poco antes. Francia creció de manera inverosímil para eliminar contundentemente a España y Brasil y luego por la mínima diferencia a Portugal con lo que llegó a la final.
La narrativa heroica era inevitable y Zidane estaba protagonizando una aventura hollywoodense que no podía tener más que un glorioso desenlace con su retirada el día de la final. Pero la historia dio un giro brutal en todos los sentidos cuando Zidane decidió hacerse justicia con la cabeza. Aparentemente Materazzi insultó a su madre y su hermana, el astro perdió el control faltando diez minutos para que terminaran los tiempos extras y se hizo expulsar por el árbitro argentino Elizondo. La que debía haber sido su noche de gloria, aún perdiendo la copa del mundo, terminó convirtiéndose en una de infamia y vergüenza, en un acontecimiento que hizo a un lado al futbol para sumergirse en la telenovela, la bronca callejera, el rumor y la burla. Es necesario enfatizar: para la gran mayoría de los fanáticos de Francia y para gran parte de quienes amamos el futbol fue más doloroso ver salir a Zidane de la cancha cabizbajo que perder el partido.
No era esta la primera vez que Zizou perdía la cabeza en un partido importante, en la Copa del mundo de 1998 se hizo expulsar y suspender por dos juegos tras un pisotón que propinó al capitán del equipo de Arabia Saudita, Fuad Amin. En esa ocasión también se supo que el ataque se debió a un insulto. En un partido de la Champions League, jugando con la Juventus contra el Hamburger SV en 2000 le dio un cabezazo a Jochen Kientz y fue expulsado. La lista continua. Esta agresión es injustificable pero no es raro que grandes jugadores sometidos a extrema presión y cansancio cometan errores espeluznantes. Además en el caso de este jugador hay una historia y un contexto. Zidane se considera a sí mismo primero kabyl, luego argelino y después francés, durante buena parte de su vida tuvo que defenderse de ofensas y humillaciones de carácter racista. Para alguien en su situación no es raro ser objeto de hostigamiento racial por parte de europeos (que desprecian a los árabes) y árabes (que detestan a los kabyles). Y Zidane es un hombre pasional a pesar de su apariencia ecuánime y tímida. Este hombre reservado, decente y humilde lleva dentro a un futbolista agresivo y ambicioso pero sobre todo genial. La mezcla en muchas ocasiones se tornó explosiva.
De gángsters a gángsters
El incidente en la final generó un verdadero tsunami de reacciones: fotos en las primeras planas de los diarios del mundo, media docena de juegos de video en internet en los que el objetivo es que Zidane destruya a cabezazos a la estrella de la muerte de La guerra de las galaxias o que deba noquear a un equipo completo de clones de Materazzi golpeándolos en el pecho con la cabeza, canciones socarronas como el fenómeno planetario Zidane il a tapé, cientos de horas de comentarios, debate, discusión y parodia en las televisoras del planeta. En este estruendo mediático se han perdido otros elementos fundamentales del incidente, como puede ser el propio Materazzi. Mientras el mundo entero especulaba qué clase de insultos había proferido el italiano y otros trataban de leerle los labios, quedó en el olvido mencionar la trayectoria de este rudo jugador, que pasó por la liga inglesa sin pena ni gloria, pero dejando un legado de faltas que lo llevaron a ser expulsado tres veces en 27 partidos. Muchos quisieron ver a Materazzi como una especie de gángster de la cancha, como un criminal cuya única finalidad era neutralizar a Zizou por cualquier medio.
La historia no es así de simple. Materazzi no destacó cuando jugó en el Everton y no es un jugador de la calidad de Cannavaro o Pirlo, pero sin duda la Final fue su noche de protagonismo absoluto: provocó el penalti con que Francia se puso arriba, metió un gol con la cabeza, desquició a Zidane y metió un penal en la serie de tiros que definieron el encuentro. Materazzi no tiene precisamente una reputación de ser un jugador sutil o un intelectual de la cancha (también fue expulsado en el juego contra Australia por una dura pero cuestionable barrida contra Marco Bresciano) pero sí de ser una pieza valiosa de la defensa que funcionó maravillosamente en el esquema del técnico Marcello Lippi.
Pero al hablar de gángsters es inevitable recordar la muy repetida historia del escándalo que llegó arrastrando el equipo italiano a la Copa del mundo y que fue una ominosa sombra sobre su presencia en ese evento internacional. El administrador general del equipo Juventus, Luciano Moggi, conocido cariñosamente como Lucky Luciano por sus presuntas travesuras (arreglo de partidos, soborno de jueces y diversas formas de chantaje) renunció el pasado mes de mayo junto con el director ejecutivo Antonio Giraudo y toda la junta de gobierno del club propiedad de la familia Agnelli, quienes también son los dueños de la empresa Fiat. Después también renunció Fabio Capello, el director técnico del equipo, mientras que el exjugador Gianluca Pessotto, quien había sido contratado para ocupar el puesto de Moggi, trató de suicidarse tirándose de una azotea.
Esta investigación ha venido a confirmar los rumores y sospechas que han tenido por años muchos observadores quienes afirmaban que los árbitros muy a menudo tendían a favorecer a la Juve. La fiscalía italiana ha declarado tener pruebas de comunicaciones sostenidas en líneas telefónicas de alta seguridad y en reuniones en las que se acordó manipular resultados, escoger árbitros, amenazar y chantajear jugadores y gerentes de equipos (existía una lista negra en la que eran incluidos aquellos que se resistían a participar en la corrupción). Así mismo se habla de una complicidad entre técnicos, oficiales de la federación y un popular cronista deportivo
Los abogados de Moggi y Giraudo afirman que si bien estas discusiones tuvieron lugar eso no quiere decir que se haya cometido un crimen y que simplemente deben señalarse como relaciones inapropiadas o conducta antideportiva. El escándalo involucra a trece de los 23 jugadores que obtuvieron la Copa del Mundo y a cuatro equipos de la primera división. Paradójicamente la última vez que Italia ganó la Copa del mundo fue en el Mundial de España de1982, cuando el futbol de ese país estaba también sumergido en otro escándalo. Ese fue el momento en que Paolo Rossi se redimió después de una suspensión de dos años por su presunta participación en el fraude de arreglo de partidos. En ambas ocasiones el estigma del escándalo sirvió de motivación para que la escuadra Azzurra diera lo mejor de sí y mostrara la gran calidad del fut italiano y que en su liga no todo era fraudulento. Entonces la Copa silenció a los críticos, recicló la imagen de Italia por lo menos durante un tiempo e incluso se dice que propulsó la economía. En 2006 tocó ser el héroe a otro jugador en problemas, el fabuloso arquero Gianluigi Buffon, (considerado por muchos como el mejor del mundo) quien ha sido señalado por la fiscalía como sospechoso de estar involucrado en apuestas ilegales multimillonarias.
Los equipos involucrados en este nuevo escándalo son: el legendario Juventus, que ocupa el sexto lugar en la lista de los equipos más caros del mundo, con un valor de 687 millones de dólares; el AC Milán, el tercer equipo más caro del mundo, con un valor de 921 millones de dólares y propiedad del expremier ministro Sergio Berlusconi (ambos equipos tenían cinco jugadores en la selección); Lazio, un equipo que prosperó gracias al apoyo de Mussolini y que actualmente tiene en sus filas por lo menos a un fascista irredento, Paolo Di Canio, un demagogo que no pierde oportunidad para hablar de la patria, el deber, la dignidad, el orgullo nacional y que celebra sus goles con el brazo extendido haciendo el saludo fascista; y por último la Fiorentina. El castigo pedido por el fiscal es de entrada enviar a la Juventus (el actual líder de la primera división, que ha obtenido 28 títulos de la liga) a la tercera división y a los otros tres equipos a la segunda. Berlusconi por su parte ha querido convencer al tribunal y al público que este es un escándalo de la Juve al que lo han querido arrastrar por razones políticas. Independientemente de que se demuestre la culpabilidad del AC Milán este sería un revés con dejos de justicia poética para el exprimer ministro, quien utilizó siempre al futbol como herramienta política.
Diversidad vs. insularidad
Ahora bien, había otra subtrama en juego en aquella final. Los dos equipos en la cancha representaban los dos extremos de la relación entre nacionalismo y diversidad. Por un lado tenemos a Francia, un equipo multirracial que presenta una imagen del caleidoscopio étnico legado por el colonialismo. Los galos fueron representados en este mundial por jugadores nacidos en, u originarios de, Camerún (Jean-Alain Boumsong), Guadalupe (William Gallas, Sylvain Wiltord, Thierry Henry, Louis Saha, Liliam Thuram, Pascal Chimbonda), Martinica (Éric Abidal), Senegal (Patrick Vieira, Alou Diarra), Congo (Claude Makélélé), Guyana francesa (Florent Malouda), Mauritania-India (Vikash Dhorasoo), Benin (Sidney Govou), Argentina (David Trézéguet) y por supuesto Argelia (Zizou). Los franceses netamente europeo eran: Mikael Silvestre, Mickaël Landreau, Fabien Barthez, Gaël Givet, Willy Sagnol, Franck Ribéry (converso al islam) y Grégory Coupet. 13 de estos jugadores juegan en ligas fuera de Francia.
Por el otro lado tenemos a Italia, uno de los equipos europeos con menor diversidad étnica y racial. El único jugador que no es puramente italiano es Mauro Camoranesi, quien nació en Argentina. Además, los 23 seleccionados juegan actualmente en la liga italiana. Esto puede tener un tufillo nacionalista pero también puede explicarse por la diferencia entre la inmigración en Francia e Italia, donde ésta cuenta por apenas el 4 por ciento de la población. Así mismo por la historia colonial de ambos países. Italia a diferencia de Francia no tuvo docenas de colonias en el mundo entero. Pero no hay duda de que buena parte de los fans de la liga italiana están entre los más racistas del mundo, como demuestran los irreducibili de la Lazio, una pandilla de hooligans de extrema derecha fascinada por la ideología e imaginería fascista. Poco después de la final muchos opinaban que seguramente Materazzi había hecho un comentario racista y otros aseguraban que lo había llamado “sucio terrorista árabe”. Había razones de más para imaginar que la causa de la reacción de Zidane era un ataque contra sus orígenes o cultura.
Fascismo y futbol
Podemos imaginar que los vínculos entre el futbol italiano y el fascismo se encuentran tan sólo en los grupos de marginales, en los clubes pequeños y los puñados de extremistas que usan este deporte para canalizar su descontento social, sus traumas y frustraciones emocionales. Pero también podemos especular que la influencia es mayor. Las dos primeras Copas del mundo ganadas por Italia datan de la era Mussolini (quien no era un fanático del fut pero sí sabía utilizar toda actividad de masas en su beneficio), en 1934 y 1938, y fueron conquistadas al aplicar la ideología fascista al juego, al adoptar una disciplina obsesiva y marcial. El jugador argentino nacionalizado italiano, Raimundo Mumo Orsi, aseguró que en 1934 Mussolini amenazó que los italianos debían ser campeones o “crash”… lo cual interpretaron como “un corte de cabezas” y en 1938 envió al equipo un telegrama que leía “ganar o morir”. El dictador consagró enormes fondos a construir estadios y al desarrollo de la liga italiana inspirado por su demencial culto al cuerpo perfecto y en un afán de obtener triunfos internacionales, para de esa manera tratar de demostrar el ideal racista de la supremacía física (una fantasía compartida por los nazis, las dictaduras militares este europeas y las sudamericanas entre otros). No eran menos aliciente las amenazas, reales, veladas o metafóricas que lanzaban los tiranos contra los deportistas.
Como señala Shourin Roy en http://www.soccerblog.com/soccer_politics/, el ingrediente esencial del éxito del futbol italiano es el famoso catenaccio, el candado defensivo que puede ser visto como el eco del principio bélico del Duce: “Uno nunca pelea para perder”. Mussolini destacó por su oportunismo bélico, por utilizar los triunfos nazis y aprovechar los errores y debilidades de sus enemigos. De manera similar, la selección de Italia, que sin lugar a dudas puede jugar maravillosamente, a menudo se conforma con un eficiente sistema que consiste en que se protege muy bien y aprovecha los errores de su oponente para anotar en contragolpes para después regresar a una estrategia defensiva, lo cual en general representa jugar un futbol poco atractivo.
Las dos europas en la Final
Pero regresando a la Final, que en mi opinión fue un juego notable, tenemos que a Zidane ya no le queda nada por demostrar, en el retiro tendrá tiempo de sobra para confrontar a sus fantasmas y es de esperar que a final cuentas el cabezazo de Materazzi será tan sólo error más en una carrera sobresaliente. Para algunos de los italianos, tras la celebración habrá muy probablemente un sórdido descenso a la segunda o tercera división, a menos de que finalmente se anteponga una improbable amnistía. Con lo que el triunfo adquiere un sabor hasta cierto punto amargo.
Resulta fascinante que la confrontación de esta Final puede verse como una metáfora de las fuerzas sociales en pugna en una Europa cada vez más atribulada por la inmigración. Tristemente para quienes creemos en las sociedades incluyentes, tolerantes, abiertas y diversas, el resultado del partido se inclinó, apenas por la diferencia de un penal, a favor del nacionalismo ombliguista. Por supuesto que sería muy ignorante calificar a los italianos como racistas, tal afirmación sería estúpida, o al futbol italiano como insular, su espectacular liga está repleta de extranjeros desde hace décadas. Pero esta final presenta de manera incuestionable la imagen de una “Europa” africanizada contra una blanca. Todos sabemos, y más después de los terribles disturbios raciales en Francia este año, que ese país está muy lejos de ser un paraíso para la inmigración, pero finalmente la mayoría de los galos han entendido que no es una deshonra que un equipo principalmente integrado por hombres de origen africano representen a la república en la justa deportiva internacional más relevante que existe. Habrá quienes lo vean como un caso flagrante de hipocresía y oportunismo, pero hay que verlo como un paso (tardío, sin duda) hacia la igualdad, fraternidad y libertad que pregonaba su revolución.
Si a esta confrontación añadimos el hecho de que un norafricano árabe y musulmán (aunque no practicante) haya actuado de manera violenta e irracional, tenemos tristemente una visión del mundo que refleja los maniqueísmos en boga en la era de la “guerra contra el terror”.
