Homo Cyborg-Naief Yehya

October 5, 2005

Filed under: General

Coletazo mediático por Katrina

Publicado originalmente en el periódico Zócalo
No. 68, Octubre 2005

Nueva York.- Casi se habían cumplido cuatro años de los acontecimientos que convirtieron a la prensa estadounidense en un zombi, en un títere sin voluntad, en un eunuco trepanado que cumplía con su labor repitiendo comunicados oficiales y justificando a los poderosos, cuando sucedió algo extraordinario, como en el cuento de la Bella Durmiente la prensa despertó, no por el beso de un príncipe azul, sino por la aterradora destrucción que dejó el huracán Katrina a su paso por Luisiana, Alabama y Misisipí. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 unificaron a los medios de comunicación estadounidenses, especialmente a aquellos que pertenecen a grandes megacorporaciones tentaculares al reducirlos a un servilismo sumiso. Nadie se atrevía a criticar las acciones del gobierno de George W. Bush por temer a sonar antipatriota, por haber sido intimidado por aquella sentencia que lanzó el presidente: “quien no está conmigo está con los terroristas”.

Tras el 11 de septiembre se creó una auténtica atmósfera de terror en contra de los medios en Estados Unidos. Comenzó a prevalecer una mentalidad de acoso y represión enfatizada en parte por el aún sin resolver “ataque con ántrax”, dirigido, por lo menos en parte, contra la prensa. Hoy existen numerosas evidencias de que el ántrax usado en este ataque contra senadores demócratas, periodistas y civiles comunes aparentemente elegidos al azar, provenía del propio arsenal químico estadounidense de Fort Detrick. Pero el cambio radical en la mediósfera se debió al trabajo propagandístico del equipo Bush, en especial al trabajo del grupo llamado el triángulo de hierro, constituido por los asesores más cercanos al presidente: Karl Rove, Karen Hughes y Joe Allbaugh. Rove, quien aprendió su oficio con los conspiradores del fiasco de Watergate, el escándalo que llevó a renunciar a Nixon (el presidente favorito de Rove), ha dedicado su carrera al golpe bajo, la difamación, la destrucción de reputaciones, la intimidación y el chantaje en contra de todo político que se oponga a su jefe (como el ex embajador Joe Wilson, quien fue víctima de la venganza de Rove por criticar los motivos de la invasión a Irak) o cualquier periodista indiscreto que trate de cuestionar a Bush.

Por su parte Hughes es la conspiradora en jefe, una especie de mamá suburbana fusionada con Goebbels menopáusico, que se ha dedicado a manipular a los medios para convertirlos en meras cajas de resonancia de las políticas neoconservadoras. El más reciente empleo de Hughes es el de subsecretaria de Estado, con la misión de promover la imagen de EU en el Oriente cercano.

Por casi cuatro años la Casa Blanca puso en operación un eficiente y exitoso sistema de amenazas y recompensas bajo el ominoso estigma de la “guerra contra el terror”. El equipo de Bush logró vender dos guerras con argumentos a medio cocer o absolutas falsedades, sin que los grandes medios exigieran cuentas o protestaran. Rove y sus agentes mantuvieron un estricto régimen de silencio y obediencia a pesar de que miembros del gobierno y sus socios en el sector privado se vieron involucrados en fraudes y escándalos espectaculares (como Enron) y de que en numerosas ocasiones mostraron incompetencia deslumbrante. Sin embargo, la maquinaria propagandística que parecía infalible comenzó a desmoronarse, primero con el escándalo del destape de la agente de la CIA, Valerie Plame, la esposa del antes mencionado Joe Wilson. Más tarde, la notable campaña antibélica de Cindy Sheehan, la madre de un soldado que murió en Irak en abril de 2004, tuvo un gran impacto en contra de la popularidad del presidente.

Falla el verdugo

Rove había perdido su usual eficiencia debido en parte a ser el objeto del escrutinio por el caso Plame, por lo que no pudo concentrarse en sus usuales estrategias de desprestigio. Y cuando todo el equipo Bush rezaba por cambiar de tema y quitar a Sheehan de los titulares de los diarios y noticieros televisivos, sus plegarias fueron escuchadas: apareció el huracán Katrina.

Y en efecto, Katrina desplazó a Cindy y logró cambiar de tema en la discusión nacional, pero en vez de salvar a Bush y su gente de las molestas preguntas y dudas de la prensa, los hundió en un escándalo más. La incompetencia, arrogancia y cinismo de los oficiales de la administración Bush no pudieron ocultarse ni disfrazarse. A cuatro días de que Katrina tocara tierra y a tres de que los diques que protegen a Nueva Orleáns fallaran inundando la ciudad en hasta siete metros de aguas contaminadas del lago Pontchatrain, la FEMA, Agencia Federal de Administración de Emergencias, seguía prácticamente inmóvil.

Katrina golpeó tierra el 29 de agosto. Para el día 2 de septiembre varios de los principales diarios de EU, así como varios de los reporteros y comentaristas de la televisión tomaron un tono agresivo y contestatario que resultó inquietante y perturbador para un público que prácticamente había olvidado cuál es la tarea normal de los medios de comunicación respectode su gobierno, que es inquirir, dudar, presionar a los responsables del bienestar público y el orden social, además de observar que rindan cuentas claras de sus acciones. Ante la presión popular que demandaba ayuda y renuncias, y las cadenas televisivas y diarios que exigían enérgicamente explicaciones de la negligencia criminal de los responsables de todos los niveles del gobierno, Bush regresó de sus vacaciones para dar una entrevista al programa matutino de la cadena ABC, el 1 de septiembre, donde afirmó: “Yo creo que nadie anticipó la ruptura de los diques”. Al día siguiente el New York Times hizo eco de esa afirmación al publicar en primera plana: “El gobierno vio los riesgos de inundación pero no la falla de los diques”. Esto resultaba extremadamente irritante ya que cualquiera que conozca vagamente la situación de Nueva Orleáns, sabe que desde siempre se ha hablado que los diques no serían capaces de resistir el impacto directo de una tormenta de nivel 3 (179-210 km/h). Más tarde se supo que tampoco estaban planeados para resistir una de nivel 2 (154-178 km/h). Muchos científicos han escrito sobre el tema, tanto en publicaciones científicas especializadas y de divulgación como Mecánica popular y Scientific American, entre otras. Recientemente el Times Picayune publicó un largo artículo en cinco partes en el que se anticipaba con exactitud lo que finalmente sucedió. Y el propio alcalde de Nueva Orleáns, Ray Nagin, citado en primera plana del mismo New York Times, del 29 de agosto, dijo que Katrina podría traer casi 40 centímetros de lluvia y un crecimiento de las aguas por la tormenta de seis metros o más, lo cual “muy probablemente derrumbaría” el sistema de diques y canales que protegen de las inundaciones a la ciudad, la cual está situada en una cuenca por debajo del nivel del mar. El martes 30 de agosto Bush dio un discurso en California en memoria del triunfo sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial y en ese evento el presidente de EU recibió una guitarra de regalo del cantante country Mark Wills, con la que se fotografió. Así, la imagen de Bush que dio la vuelta al mundo fue la del presidente tocando una guitarra. No podía haber paralelismo más obvio que con Nerón, quien presuntamente tocaba la lira mientras ardía Roma.

Katrina afectó a una zona enorme de la costa del Golfo de México, sin embargo el caso de Nueva Orleáns es particularmente importante, porque se trató de la destrucción de una de las principales ciudades de Estados Unidos y porque puso en evidencia problemas de clase social y de raza que antes rara vez eran mencionados en los medios. Una parte de la población de Nueva Orleáns pudo seguir las recomendaciones del gobierno local de desalojar la ciudad antes de la llegada de Katrina, pero la mayoría de la población pobre no lo hizo, algunos por la usual desconfianza de dejar su casa y bienes al alcance de saqueadores, otros por no tener autos ni acceso a transporte público.

Aparte de sembrar destrucción, el impacto de Katrina dejó a los servicios de rescate locales inoperantes y a la ciudad entera sin energía eléctrica. Durante días centenares de personas estuvieron sin agua ni alimentos, incluso aquellos que fueron al Superdome en busca de refugio no encontraron agua ni provisiones y en cambio fueron objeto de malos tratos, agresiones y un encierro casi carcelario. Ancianos y enfermos murieron en la espera de ayuda. La situación degeneró en pocas horas entre la desesperación, el abandono y el terror y a morir de deshidratación, mientras las aguas seguían creciendo.

Times y Post pierden

El New York Times no fue el único de los grandes diarios que quisieron hacer creer que la respuesta gubernamental a la tragedia había sido apropiada. El Washington Post también apostó por la administración Bush, cuando en su editorial del 1º de septiembre aseguró que la respuesta del gobierno federal era proporcional a la escala del desastre. Afortunadamente otros medios de comunicación siguieron insistiendo que en ese lugar se estaba viviendo una catástrofe humanitaria. Pero de pronto el tono cambió. Súbitamente comenzaron a parecer más y más reportes de saqueos, robos, y violaciones. La atención que tuvieron en los medios la escena del crimen fue obviamente desproporcionada, respecto de la magnitud de la tragedia. Así, en cuestión de una cuantas horas algunos medios transformaron a la población de ser víctimas en criminales, que se merecían el castigo de que habían sido objeto.

Hubo numerosos reportes de saqueos en los departamentos de armas y municiones de las tiendas Wal-Mart, y de que bandas armadas rondaban las calles inundadas atracando a los supervivientes y saqueando todo a su paso. El tono de histeria de estos reportes fue aumentando e influenciando

a los propios supervivientes, quienes al enterarse de la presunta amenaza de las pandillas, buscaban armarse a toda costa y en muchas ocasiones dispararon a la menor provocación.

Un par de fotos de la agencia AFP se convirtieron en el emblema mismo no sólo de los saqueos sino de la percepción de los mismos y por tanto de la manera en que reflejaban viejos prejuicios raciales. En una imagen aparece un joven negro caminando con el agua hasta el pecho cargando un cartón de refrescos y unas bolsas, al pie se lee que el joven había saqueado una tienda. La otra imagen es de una pareja blanca, ambos van cargando bolsas y una hogaza de pan, la leyenda dice que se trata de una pareja que encontró comida.

El racismo y sus consecuencias ha sido el subtexto obligado de la catástrofe. Pero si bien todo mundo lo sabe y se discute en los medios impresos, éste sigue siendo un tema espinoso para la televisión, un tabú del que todo mundo trata de huir. Resultó casi hilarante cuando en medio de un teletón que pasaba por la cadena NBC, el rapero Kanye West declaró: “a George Bush no le importa la población negra” y que Estados Unidos está hecho para “ayudar a los pobres, los negros y los más desamparados con la mayor lentitud posible”. Estos comentarios salieron al aire, ante la

mirada atónita del actor Mike Myers, quien estaba a su lado en pantalla, pero fueron censurados cuando el evento se retransmitió en la costa oeste. La cadena más tarde pidió una disculpa diciendo que las opiniones de West eran tan sólo suyas y de ninguna manera reflejaban el sentir de la cadena NBC.

En pocos días había grupos de “vigilantes” (casi todos blancos) armados que cazaban presuntos saqueadores (en su mayoría negros) en una especie de revival de la era de la esclavitud. Días después llegaron soldados, la guardia nacional y docenas de policías, pero también llegaron, supuestamente invitados por el gobierno de la ciudad, mercenarios de la tristemente célebre empresa Black Water, la cual ha provisto numerosos mercenarios a la invasión de Irak, quienes se han ganado la reputación de ser los asesinos más despiadados de la guerra. De hecho la destrucción de Falluja tuvo por origen que cuatro empleados de Black Water fueron asesinados, quemados, mutilados y colgados de un puente por los insurgentes.

Se hunde Bush

El gobierno de Bush estaba realmente sacudido, no por la tragedia sino por el riesgo político. El equipo de Rove intentó lanzar una de sus habituales campañas de desprestigio e intentó responsabilizar exclusivamente al gobierno estatal y al alcalde. Por supuesto que estas autoridades cometieron errores y fallaron en su tarea, pero la realidad es que carecían de los recursos suficientes para hacer frente a una tormenta como esta. Entre los rumores que circularon era que la gobernadora de Luisiana, Kathleen Blanco, quien es demócrata, no había querido declarar el estado de emergencia sino hasta el 3 de septiembre, cuando en realidad lo hizo desde el 26 de agosto. Las acusaciones contra el alcalde eran aún más rabiosas y en su mayoría falsas. Mientras tanto, el entonces director de FEMA, Michael Brown, seguía paralizado, negándose a enviar equipos de rescate ya que “no había donde ponerlos”. Ni siquiera los trucos sucios de Rove hubieran podido remediar la cadena de declaraciones y de acciones ineptas del ex director de la Asociación Internacional de Caballos Árabes (de la cual fue despedido por incompetente). Quizás el momento culminante de su carrera fue cuando declaró en el programa Nightline, de ABC, que su agencia tan sólo se había enterado de la crisis en el Superdome el 1º de septiembre. El periodista Ted Koppel arremetió con el ahora histórico: “¿Qué ustedes no ven la televisión? ¿No oyen la radio?” Brown finalmente fue relevado de su cargo y enviado de regreso a Washington, donde poco después renunció.

Las imágenes en la televisión de la guerra de Irak se tornaron en una especie de entretenimiento, en una estimulación patriotera a través de la hiperviolencia legitimada por la impersonalidad. Mientras tanto, las imágenes de la destrucción dejada por Katrina tuvieron hasta cierto punto el poder de resensibilizar a la población estadounidense acerca de la miseria y el dolor humano. No había aquí comentarios con tonos semideportivos como aquellos predominantes en la “loca carrera a Bagdad”, que cubrieron los periodistas insertados, mientras avanzaban los tanques y camiones desde la frontera de Kuwait prácticamente sin oposición hacia la capital. Se debe a esas imágenes en gran medida el clamor de la gente. No debe sorprender que una de las primeras acciones decretadas, en cuanto el ejército retomó el control de la zona de desastre, fue prohibir que los medios filmaran o tomaran fotos de los muertos. Es una pena que el atroz espectáculo de decenas de miles de iraquíes y afganos asesinados, mutilados y desplazados por guerras de agresión no haya logrado conmover a la prensa estadounidense. Es una consolación, aunque no muy efectiva, el hecho de que hayan necesitado ver a sus propios compatriotas victimizados por las mismas políticas del grupo Bus para reaccionar y salir del plácido letargo patriótico del 9-11.






















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