Homo Cyborg-Naief Yehya

August 23, 2005

La guerra de los mundos y el espejo de la barbarie humana

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Y antes de juzgarlos con demasiada dureza debemos recordar la destrucción total y despiadada que nuestra propia especie ha causado.

Hombres como cucarachas.- A los 22 años Herbert George Wells había comenzado a destacar en el género de la ciencia ficción con novelas como La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897) en las cuales especulaba sobre el progreso tecnológico y criticaba el rígido orden social y político victoriano. En 1898, Wells publicó La guerra de los mundos, el inquietante relato de una invasión marciana a la Tierra. Aquí los extraterrestres tienen una tecnología inmensamente superior a los terrícolas. Nuestro arsenal es incapaz de defendernos de sus armas ni de detenerlos. Ante su poder nos transformamos en animales asustados e indefensos. Para ellos la cultura humana no tiene más complejidad, importancia o sentido que un hormiguero o un nido de ratas. Así como nosotros no practicamos la diplomacia con las cucarachas, para ellos no tiene sentido aplicar las reglas de la guerra contra nosotros. Ésta no es una guerra sino que es equivalente a la tarea de un fumigador que debe erradicar una plaga, algo relativamente parecido a la expedición lanzada en 2003 por Estados Unidos para conquistar un Irak derrotado de antemano. Wells señala que los marcianos son una especie en peligro de extinción ya que su planeta se enfría irreversiblemente. Y a pesar de que desean exterminarnos o beber nuestra sangre, Wells pide al lector entender que estos seres no son tan diferentes de nosotros. En el capítulo 1, “La víspera de la guerra”, escribe:

Y antes de juzgarlos con demasiada dureza debemos recordar la destrucción total y despiadada que nuestra propia especie ha causado, no únicamente entre los animales, como el desaparecido visón y el dodo, sino entre sus razas inferiores. Los tasmanios a pesar de su apariencia humana [sic] fueron extintos en una guerra de exterminio desatada por los inmigrantes europeos, en un periodo de cincuenta años.

La guerra de los mundos anticipaba en cierta forma la tecnología bélica que dominaría la Primera Guerra Mundial: la mecanización de la caballería, el empleo de gases venenosos, lanzallamas y ametralladoras que podían sistematizar el exterminio de las tropas y poblaciones enemigas, algo que hasta entonces era poco común en las guerras entre países europeos (tanto en términos estratégicos como por la imprecisión de las armas usadas). Los marcianos emplean poderosos vehículos trípodes que anuncian la aparición del tanque, un vehículo blindado, altamente versátil para moverse en todo tipo de terreno y equipado con armas de grueso calibre.

Marcianos coloniales

Este libro de Wells fue escrito en una era de expansión colonial y de brutales agresiones por parte de las potencias europeas y Estados Unidos en contra de los países más pobres y depredados del mundo. En La guerra de los mundos se cuestionaba la noción de que las potencias occidentales, debido a su superioridad tecnológica y militar, estaban mejor capacitadas para administrar las vidas de los nativos de las tierras colonizadas. Precisamente en 1898, Estados Unidos se convirtió en una auténtica potencia mundial tras derrotar a España, arrebatarle Cuba, Puerto Rico y las Filipinas en la guerra hispano-americana (del 25 de abril al 12 de agosto). Esta guerra fue lanzada a pesar de la voluntad del presidente William McKinley quien no tenía ambiciones imperiales pero terminó capitulando a la campaña propagandística lanzada por la prensa amarillista, en particular por los magnates William Hearst y Joseph Pulitzer. Casualmente, ese mismo año Pierre y Marie Curie descubren el radio y el polonio con lo que da inicio en forma la era nuclear. Wells no tenía más que leer el periódico para imaginar que el futuro estaría marcado por incontables guerras en las que se usarían armas capaces de una destrucción extraordinaria.

Guerra, propaganda y entretenimiento

La guerra de los mundos tiene el mérito de ser (por lo menos parcialmente) responsable de haber dado lugar al primer gran espectáculo de infoentretenimiento de la historia: en el que un relato de ficción fue contado como noticia. De esa forma el público se transformó en “conejillo de indias” de un experimento de manipulación masiva y propaganda de efecto instantáneo. A las ocho de la noche del domingo 30 de octubre de 1938, el polifacético Orson Welles comenzó la transmisión radial de esta novela, en un formato que emulaba los reportes de última hora. A pesar de que a lo largo de la transmisión, que duró una hora, se mencionó en cuatro ocasiones que se trataba de una historia de ficción, miles de personas, especialmente en Nueva Jersey y Nueva York, fueron presas del pánico. La histeria producida por este programa tuvo que ver sin duda con que la guerra se respiraba en el ambiente, aunque era difícil imaginar la clase de atrocidades que tendrían lugar en la guerra mundial que apenas comenzaba. En marzo de ese año el ejército alemán se había movilizado e “incorporado” a Austria. Dos semanas antes de esta transmisión el Tercer Reich ocupó el Sudetenland (entonces parte de Checoslovaquia) y el 9 de noviembre tuvo lugar la Kristallnacht o la noche de lo cristales rotos, el atroz episodio de violencia organizado por el estado para aterrorizar a la población judía y con el que comenzó el holocausto.

Marcianos en las pantallas

En 1898 la idea de que había vida en Marte no parecía descabellada debido a que en 1876 el astrónomo italiano Pietro Secchi había visto algo en ese planeta que definió como canales, los cuales fueron registrados en mapas por Giovanni Virgilio Schiaparelli del observatorio de Milán en 1877. En la imaginación popular estos canales debían haber sido hechos por seres inteligentes, lo cual fue argumentado con pretensiones científicas por Percival Lowell en 1895. En la década de los treinta la idea de que Marte estaba poblada por seres belicosos dio lugar a filmes como Mars Attacks the World (El fin del mundo/ Marte contra la Tierra), de Ford Beebe y Robert F. Hill, un episodio del serial protagonizado por Buster Crabbe en el papel del superhéroe Flash Gordon, que se estrenó precisamente en 1938.

La guerra de los mundos ha tenido una enorme influencia en la literatura, el cómic y el cine de ciencia ficción. La pesadilla de la invasión extraterrestre vuelve incesantemente como tema recurrente desde el siglo pasado y en el cine ha engendrado una infinidad de monstruos planetarios y de episodios apocalípticos. Durante la Guerra Fría los extraterrestres servían como metáforas de la amenaza roja terrenal, en películas como Invaders from Mars (Invasores de Marte), de William Cameron Menzies (53), Earth vs. the Flying Saucers (Invasión de discos voladores), de Fred F. Sears (56), Invasion of the Body Snatchers (Muertos vivientes), de Don Siegel (56). It! The Terror from Beyond Space (La amenaza de otro mundo), de Edward L. Cahn (58), The Blob (La mancha voraz), de Irvin Yeaworth (58) y su remake de Chuck Russell (88). A mediados de los noventa hubo otra oleada de filmes de invasiones planetarias, dos de los filmes más relevantes fueron Independence Day (Día de la independencia), de Roland Emmerich y Mars Attacks (Marte ataca), de Tim Burton (ambas de 96), las cuales eran adaptaciones libres de la novela de Wells.

En 1953 La guerra de los mundos fue llevada al cine por el director Byron Haskin y el productor George Pal en una muy afortunada adaptación. Haskin usó efectos especiales que se adelantaban a su época y si bien el guión no era completamente fiel a la novela, sí mantenía una angustiante atmósfera de horror y desesperación. Más de 52 años después, Steven Spielberg realizó una nueva adaptación la cual refleja la situación de temor permanente y desolación que vivimos en la era del post 9-11. Spielberg no ofrece un contexto para entender la invasión sino que nos sitúa de golpe en medio de un mundo desprevenido que despierta al terror de la muerte y destrucción. Por otro lado Spielberg ha optado por sustituir al narrador solitario del libro, por este Ray Ferrier (Tom Cruise), un estibador de los puertos de Nueva Jersey. En manos del realizador de Tiburón y E.T. el ataque sirve de historia de fondo para un drama familiar: Ferrier es un padre incompetente, ligeramente hostil y amargado que debe cuidar a sus hijos durante un fin de semana mientras su ex esposa se va de viaje. El ataque le da a Ray una muyhollywoodense oportunidad de redención, así que madura y desarrolla profundos lazos afectivos con sus hijos en medio de la destrucción. A diferencia de la mayoría las historias de ataques extraterrestres, y como en la novela de Wells, Ray no tiene la preparación técnica, militar o intelectual necesaria para hacer frente a los invasores y está muy lejos de ser un superhéroe. Sin embargo, es un hombre afortunado que logra sobrevivir a la catástrofe. Nada puede hacerse para detener la destrucción y al final de cuentas la supervivencia de la especie será un triunfo pasivo, un golpe de suerte debido a que los invasores no calcularon el peligro que implicaban los microorganismos de nuestro planeta.

La guerra de los mundos nos ofrece la perspectiva de los derrotados, de las víctimas de la tecnología superior. Es decir que se trata de una visión inevitablemente semejante a la que tienen ahora los iraquíes y los afganos al ver sus ciudades bombardeadas y a soldados del ejército más poderoso del mundo patrullando su territorio. Los marcianos reducen en cuestión de horas a la humanidad (aunque sólo vemos a la población estadunidense) a la calidad de refugiados, nómadas desprotegidos que huyen sin el recurso de sus tecnologías de transporte ni comunicación. En la versión fílmica de 1953, los hombres buscan santuario en las iglesias, mientras que en la de 2005 al salir de la Tierra, el primer trípode destruye una iglesia. Esa imagen es muy significativa porque hace eco de las palabras del protagonista de la novela, quien se pregunta: “¿De qué sirve la religión si ésta se colapsa bajo una calamidad?”. Esto tiene mucha relevancia y es un elemento subversivo en una era de fundamentalismos como la que vivimos. Además la novela gira en torno a conceptos evolutivos en los que Wells creía firmemente, a diferencia del propio presidente de EU, George Bush, quien aún no está convencido de la veracidad de las ideas de Darwin.

Entre las pocas cosas que Spielberg nos dice es que los trípodes marcianos llevaban muchísimo tiempo enterrados en la Tierra, como si se tratara de “células durmientes”, un concepto que se puso de moda después de los atentados del 9-11. Hay gente que es convertida instantáneamente en cenizas y hay súbitas lluvias de ropa que recuerdan a las víctimas de los aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas. Por supuesto aparecen también carteles de los desaparecidos, como los que durante meses se veían por decenas en las calles de Nueva York. Los ataques terroristas no son las únicas tragedias contemporáneas que Spielberg evoca, los centenares de cadáveres que arrastra un río son una obvia referencia al genocidio de Ruanda de 1994.

El gran show de la destrucción

A pesar de su gigantesco presupuesto y de la necesidad de hacer un filme de acción entretenido, Spielberg ha hecho una cinta oscura y desconcertante, que si bien tiene una especie de final feliz, pone en evidencia su ambigüedad ante la guerra. Poco después de los ataques del 11 de septiembre el director de Inteligencia artificial, declaró que el ataque a Afganistán era la acción correcta que debía tomarse. Sin embargo, el cineasta no parece tan convencido del curso que ha tomado la “guerra contra el terrorismo”. Hacer este filme en este momento es un testimonio revelador de la Zeitgeist de esta era esquizofrénica de guerra y frivolidad, en la que cientos de personas pierden la vida diariamente en la “guerra contra el terrorismo”, mientras en Estados Unidos se vive una fantasía de consumo onanista y ombliguista totalmente ajena de las obvias señales de crisis, recesión, decadencia y descomposición social que estremecen al planeta. La guerra de los mundos nos permite vernos a nosotros mismos en esos seres macrocefálicos, crueles y babeantes que aplastan hombres sin cuestionarse. Es una obra que propone reconsiderar la condición humana, algo que no está de más en un tiempo en que la gente busca desesperadamente asirse a las visiones manicuradas de lo Real (ese vacío destructivo, la colección de efectos especiales que vemos en las pantallas, en la definición de Slavoj Zizek) que ofrecen los reality shows o programas al estilo del Big Brother.
Naief Yehya

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2 Comments »

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  1. La ciencia ficción es peligrosamente moralista y escasamente filosófica, de Spilberg sólo lo primero es pertinente, en toda su obra el terror y la amenaza han sido los ejes temáticos, la esperanza como recompensa es invariablemente la cereza artificial (más artificial que la inteligencia) que corona su empalagosa producción. Spilberg es al cine de Hollywood lo que los sermones dominicales a la televisión estadounidense, un infierno con propositos redentorios.

    Comment by averadiante — September 27, 2005 @ 6:05 pm

  2. testcomment674

    Comment by testanchor67 — October 16, 2005 @ 2:23 am

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