La frontera como arma de represión
Cuando esto se escribe la situación entre Israel y el protoestado palestino parece haber llegado a su punto más bajo. Los ataques israelíes a la población civil con aviones F-16 y los atentados suicidas palestinos se han vuelto cotidianos y lo que ayer era inconcebible hoy no sorprende a nadie. Esto se debe a que la ocupación militar de un pueblo tan sólo es posible mediante la brutalidad y la continua competencia entre el ocupado y el agresor para mostrar quien es capaz de infligir más daño y tolerar más horrores. La ocupación en principio no se trata del exterminio del ocupado sino de someterlo por el miedo y la humillación. La ocupación israelí ha utilizado el concepto de frontera como una arma de sometimiento al extenderlo más allá de los límites entre las naciones. Por lo que Israel ha trazado líneas caprichosas en los territorios que funcionan como virtuales fronteras internas; barreras asfixiantes de hormigón, alambre de púas, montañas de tierra y zanjas de 2 metros de profundidad impuestas para doblegar, desmoralizar y fragmentar no sólo la tierra sino también el espíritu. Israel ha convertido a las zonas árabes en las tierras ocupadas en un absurdo laberinto de fronteras, una especie de gran frontera que no lleva a ningún lado, un limbo, una zona de espera y un área hipervigilada en la que cualquier movimiento en falso puede costar la vida.
La cuesta abajo de la más reciente oleada de violencia comenzó el 28 de septiembre del 2000 con la visita del exministro de la defensa israelí, líder derechista y actual primer ministro, Ariel Sharon (que entonces era ministro de infraestructura), rodeado por un millar de soldados, guardaespaldas, legisladores israelíes y agentes de seguridad al templo de Haram al Sharif, el complejo donde se levanta, desde el séptimo siglo, la mezquita erigida alrededor de la roca desde la que supuestamente Mahoma despegó para viajar al cielo. Esta demostración de poder más que un simple ejercicio para probar que “cualquier persona, cualquier judío debe poder moverse libremente en Jerusalén” fue una provocación calculada que tuvo el resultado que Sharon esperaba: arrancarle la candidatura para el puesto de primer ministro a Binyamin Netanyahu, precipitar las elecciones y ganarlas. Tenemos que recordar que Ariel Sharon ha dejado un largo rastro de destrucción a su paso que comienza con su participación en el grupo paramilitar terrorista Haganah durante su juventud, continúa en las innumerables misiones en contra de civiles palestinos cuando comandaba la tristemente célebre unidad 101, (una historia de la unidad cuenta que en su primera misión Sharon y sus hombres mataron a 50 refugiados en El-Bureig, en el sur de Gaza). Sharon fue el arquitecto de la invasión de Líbano y, de acuerdo con la propia investigación israelí, el responsable “indirecto” de la matanza de Palestinos en Sabra y Chatila de 1982.
La desafiante visita de Sharon a uno de los sitios más sagrados para los musulmanes, en un tiempo en que la inconformidad y la frustración por el estancamiento del proceso de paz habían alcanzado niveles extremadamente peligrosos, fue la chispa que encendió los ánimos del mundo árabe y en particular de los palestinos, quienes tan sólo han visto su situación deteriorarse en los últimos 7 años. Esta visita provocó la segunda intifada palestina la cual ha rebasado por mucho a la primera insurrección, la cual se caracterizó por la valentía, determinación y coraje de los jóvenes y niños palestinos que enfrentaban, armados únicamente con piedras, a uno de los ejércitos más poderosos del planeta. En la segunda intifada también salen a la calle diariamente niños y adolescentes a tirar piedras a los soldados, no obstante en esta ocasión se están usando también armas de fuego, desde pistolas hasta morteros, en contra de las fuerzas de ocupación, los colonos israelíes y la gente en las calles de Israel. Este nuevo enfrentamiento se diferencia de los anteriores en que Israel está empleando aviones F-16, tanques, lanzagranadas, helicópteros de combate, misiles antitanques y buena parte de su inmenso arsenal para suprimir la revuelta. No hay duda de que la violencia empujó al electorado a votar por el propio Sharon para el puesto de primer ministro, algo que hubiera parecido aberrante a cualquier persona sensata años atrás. Así mismo la situación ha empujado a la sociedad israelí a un renovado patriotismo nacionalista paranoico, a un regreso al sionismo más recalcitrante y a la intolerancia.
Contrariamente a lo que se ha querido presentar como una guerra entre religiones o entre pueblos, este es un conflicto por la tierra y una lucha por fronteras. El medio oriente tiene una larga historia de guerras sangrientas entre vecinos, hermanos y primos. La desconfianza y enemistad entre árabes y judíos es antigua y profunda, sin embargo no se trata de un sentimiento inusual entre pueblos que comparten una historia de incomprensión, confrontaciones, envidia, choques y reconciliaciones. Este rencor no es más grave o acentuado que el tradicional rechazo cristiano de los judíos, el desprecio hindú por los musulmanes, la enemistad entre los turcos y los kurdos o el odio de los khmer contra los vietnamitas, por mencionar algunos ejemplos. Muchos pueblos se definen a sí mismos por sus diferencias y enemistades con sus vecinos, es parte de nuestra naturaleza y uno de los triunfos de la humanidad es poder negociar en vez de pelear. No obstante el conflicto palestino representa el enfrentamiento entre un estado moderno y una sociedad agraria. Israel, independientemente de cualquier otra cosa que pueda ser en tanto que estado, es la expresión más impactante del neocolonialismo y del poder hegemónico global de los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial. Israel es necesario para el orden geopolítico estadounidense como una herramienta de presión y control en el medio oriente.
El 13 de septiembre de 1993 Yitzhak Rabin y Yasser Arafat firmaron el acuerdo de paz que había comenzado a negociarse años antes en secreto en Oslo. El acuerdo especificaba una series de fechas que debían ser respetadas para avanzar hacia el establecimiento de un estado palestino y de fronteras seguras entre ambas entidades. El 13 de diciembre de 1998 sería el día en que el acuerdo permanente debería entrar en vigor. Pero esa fecha pasó y lo único que dejó fue la sensación de frustración e impotencia en los palestinos. Muy pocos esperaban milagros del acuerdo de Oslo pero tampoco se esperaba que prácticamente ninguna de las fechas estipuladas para los retiros y transferencias de poder sucesivas fuera respetada. Más grave aún, la construcción ilegal de asentamientos en tierra palestina no se detuvo, sino que por el contrario, el número de colonos aumentó y los palestinos perdieron más tierra entre 1993 y el 2000 que en toda la década anterior. El proceso de paz está supuestamente fundamentado en la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la cual estipula sin la menor ambigüedad que Israel debe retirarse de los territorios capturados tras la guerra de 1967, incluyendo Jerusalén este.
El primer problema para alcanzar la paz son los mencionados asentamientos, los cuales comenzaron a proliferar tras la guerra de los Seis Días, con el apoyo de Sharon entre otras figuras que deseaban imponer la presencia israelí ahí. Buena parte de los asentamientos están ocupados por judíos ortodoxos y fanáticos místicos que creen estar haciendo una labor divina. Muchos de los más de 200,000 colonos (en 1998 eran 161,000) son extremistas dispuestos a morir antes que dejar la tierra que ellos denominan Judea y Samaria, como los seguidores del movimiento mesiánico Gush Emunim, uno de los más violentos y radicales. La mayoría de los demás colonos simplemente viven ahí para aprovechar las tierras que regala el estado, los beneficios fiscales, los subsidios y demás incentivos que el gobierno israelí sigue ofreciendo a los colonos para atraerlos a estas tierras. El número de colonos aumentó a partir de la firma de los acuerdos de Oslo en un 75%. Aunque esta política en teoría no viola el acuerdo de congelar la creación de nuevos asentamientos, ya que simplemente se están expandiendo los existentes, es claro que ha sido una obvia violación de la lógica de la paz y ha provocado un enorme resentimiento.
El segundo gran impedimento para la paz es la absoluta negativa israelí de respetar el derecho de retorno de los 3.7 millones de palestinos que viven en el exilio desde 1948 (principalmente en campamentos para refugiados en Líbano, Siria, Jordania, Cisjordania y la franja de Gaza) y que la ONU respaldó con su resolución 194. El argumento es que de hacerlo el estado perdería su naturaleza judía. Resulta paradójico y revelador que el gobierno israelí vea a los palestinos como una influencia negativa en su cultura y en cambio tolere y fomente la inmigración rusa y de otros países del exbloque comunista, así como a los trabajadores huéspedes africanos, tailandeses, filipinos y demás que son importados para reemplazar a los palestinos como mano de obra barata y no conflictiva. Entre los cientos de miles de nuevos inmigrantes un gran porcentaje no son judíos ni sionistas. Pero el punto más importante es que los millones de palestinos expulsados no podrían regresar a Israel aunque quisieran y pudieran, ya que sus propiedades fueron confiscadas por el estado y no existe ni la más remota esperanza de que éstas les sean regresadas. Además, mientras los israelíes pueden entrar y salir a su gusto de Gaza y Cisjordania, los palestinos que viven en los territorios ocupados no pueden establecerse legalmente en Israel ni en los asentamientos, ni siquiera si estos fue construidos sobre tierra expropiadas a sus familia.
Cada vez que los países árabes han peleado guerras en contra de Israel han sido derrotados lastimosamente y han perdido parte de su territorio. Hasta hace poco Israel seguía ocupando tierras de todos sus vecinos: el Sinaí de los egipcios, el sur del Líbano, Cisjordania y Jerusalén este de los jordanos y el Golán de los sirios. Las razones para la ocupación eran garantizar la seguridad del estado. El Sinaí fue regresado después de que Israel hizo la paz con Egipto. Jordania renunció a Cisjordania y Jerusalén cediendo la soberanía a la incipiente Autoridad Palestina. Las tropas israelíes abandonaron Líbano en junio del 2000, después de perder a más de 900 soldados y tras provocar la muerte de decenas de millares de libaneses. El Golán sigue ocupado a pesar de las recientes revelaciones (ampliamente confirmadas ) de que el general Moshe Dayan condujo la ocupación de esa tierra no para defenderse de los sirios como se ha afirmado, ya que para el cuarto día de la guerra de 1967 estaban derrotados, sino para apoderarse de las tierras fértiles sirias para los kibutz.
Hasta antes de la segunda intifada el discurso político palestino y la opinión pública, aún bajo la brutal ocupación militar (que se traduce en lo cotidiano en que Israel controla su libertad de movimiento, su acceso al agua y su derecho a la tierra entre otras cosas), aceptaba la existencia del estado de Israel. Incluso la mayoría de la gente se conformaba con que su futuro estado tan sólo ocuparía el 22% del territorio que legalmente le corresponde tras la partición de Palestina hecha por las Naciones Unidas en 1947. Pero nadie estaba de acuerdo en seguirse sometiendo a la rutinaria humillación de las fronteras artificiales y de los puestos de chequeo que seguían multiplicándose por todos los territorios ocupados, ni a las continuas expropiaciones de tierras para construir asentamientos o carreteras para el uso exclusivo de los colonos, ni a los demás métodos de represión, discriminación y castigo colectivo (demolición de casas, cercos a poblaciones completas, destrucción de tuberías e infraestructura) aplicados por los israelíes en contra de la población palestina. Desde septiembre del año 2000, tres millones de palestinos en los territorios ocupados viven en la miseria (casi la mitad de la población vive con menos de 2 dólares al día, lo cual los sitúa entre los pueblos más pobres del mundo), aislados bajo el estado de sitio, desempleados (48%) y muchos de ellos no tienen acceso a la educación o a servicios médicos. La cuenta de los muertos y heridos aumenta diariamente, cuando esto se escribe han muerto más de 800 palestinos y miles más han quedado de mutilados, inválidos o lesionados de gravedad. La economía palestina ha quedado arrasada y Arafat lleva meses virtualmente preso en Ramalah, rodeado por tanques estacionados a 100 metros de su edificio gubernamental. Mientras tanto los atentados de los grupos militantes Hamas y Jihad islámico se multiplican así como los asesinatos de palestinos con misiles israelíes. Durante todos estos meses Israel ha argumentado que se ha contenido en sus represalias, lo cual es cierto si consideramos que tienen la capacidad de asesinar a cientos de miles de palestinos o de expulsarlos masivamente. No obstante, difícilmente se puede argumentar que la lógica de Sharon ha tenido resultados ya que en vez de mitigar la insurrección la ha tornado en un ciclo de ataques y represalias que aumenta en violencia.
En 1998, durante el gobierno de Binyamin Netanyahu, quien tomó el poder después de que un fanático que se oponía a la paz asesinó a Yitzhak Rabin, Israel debía retirarse del 13% de los territorios ocupados. Entonces Sharon argumentaba que cualquier retiro de más del 6% sería “doloroso” y de más del 9% “causaría un peligro muy muy grande para Israel”. Sharon nunca ha ocultado su certeza de que “Jordania es Palestina”, un viejo dogma de la extrema derecha que considera que la solución del problema radica en la expulsión de todos los palestinos y la anexión de los territorios ocupados. Incluso cuando el gobierno israelí estaba negociando con los palestinos Sharon nunca cambió su postura de que Cisjordania era israelí y que en ningún caso deberían entregar el valle del Jordán, el desierto de Judea, los alrededores del aeropuerto Ben Gurion, los principales acuíferos, las rutas este-oeste en Cisjordania y todas la carreteras de seguridad a los asentamientos. Estas extraordinarias exigencias hacen absolutamente imposible la existencia de un estado palestino viable y confirman la acusación de que Israel está determinada a crear una serie de bantustanes aislados, o “220 pequeños ghettos” que sirvan como campos de concentración y que provean mano de obra barata a Israel. Sería cómico de no ser trágico, que una nación con el potencial bélico para derrotar a cualquier ejército de la región y el arsenal atómico para borrar en un sólo golpe la mayoría de las capitales del mundo árabe, desde Mauritania hasta Afganistán (algunos aseguran que podría disparar 60 ojivas nucleares en un primer golpe), asegure que su supervivencia está en juego por la amenaza de un pueblo pauperizado y armado con AK-47, morteros de fabricación casera, viejos rifles y, eso sí, toneladas de piedras. Pero mientras Israel no está en peligro alguno de desaparecer, las represalias en contra de los palestinos están devastando día a día con cohetes, tanques, bulldozers, obuses y bombas de todo tipo la modesta infraestructura que construyeron los palestino en siete años, desde cuarteles de la policía hasta estaciones de radio, pasando por escuelas, fábricas, plantas de luz, comercios y hospitales.
La culpa de las condiciones de sufrimiento de los palestinos, según los israelíes y los estadounidenses, la tuvo Arafat al no aceptar la propuesta que Ehud Barak le ofreció en las negociaciones de Campo David. Pero el ofrecimiento, que ha sido señalado como “el más generoso que Israel hiciera jamás” era más bien un ultimátum que consistía en crear tres cantones sin contigüidad territorial, rodeados por territorios bajo el control israelí, sin control del agua, ni el espacio aéreo. Se concedía a los palestino el control de algunos barrios árabes (pero no todos) de Jerusalén y la custodia de las mezquitas de Haram al Sharif, las cuales quedarían bajo la soberanía israelí. Para reinstalar a los colonos desplazados Israel anexaría el 9% de Cisjordania y a cambio se le daría a Palestina una novena parte de ese territorio en el actual Israel. Aparte los palestinos debían aceptar un nuevo mapa de la ciudad que incluía numerosos asentamientos israelíes nuevos. Además de que se exigía como condición renunciar al derecho de retorno.
El 7 de febrero del 2002 Sharon declaró en su reunión con el presidente estadounidense George W. Bush, en la casa Blanca: “Al final del proceso, creo que el estado palestino, por supuesto, será, veremos un estado palestino”. Quizá la extraña formulación de su frase se debe a su pobre manejo del inglés o bien a una deliberada estrategia para poder más tarde cambiar el significado de sus palabras. No hay que olvidar que unas semanas antes Sharon había declarado que lamentaba no haber matado a Arafat (tarea en la que ha fracasado en 13 ocasiones). Ya antes Sharon había mencionado la posibilidad de un estado palestino, pero esa fue la primera vez que lo hizo bajo la mirada del mundo entero. Esto por supuesto no es extraordinario si se considera que pocos días antes de los atentado del 11 de septiembre el propio Bush sorprendió a la opinión pública al declarar que creía en un estado palestino independiente. Pero no nos hagamos ilusiones, el único estado palestino que Sharon puede tolerar sería uno que se conforme con usar el agua que Israel no necesite, que no tenga armas (quizás ni siquiera piedras), que tenga un gobierno que se encargue de procesar permisos de trabajo, reprimir inconformes y recoger basura. Es decir sería un estado que no implique un verdadero costo ni un sacrificio para Israel.
No obstante la condición de Sharon para tan sólo considerar volver a la mesa de negociación que el gobierno de Arafat debe imponer total calma e impedir cualquier ataque. De tal manera Sharon ha impuesto lo que se ha denominado: la paz de los pistoleros, ya que basta con que vuele una bala para que el gobierno israelí tenga un pretexto para no negociar. No se puede ser optimista al respecto de la atroz situación que reina en el medio oriente, no obstante es inevitable que tarde o temprano vendrá un acuerdo, más por agotamiento que por que una de las parte elimine o convenza a la otra. Cualquiera que sea el arreglo será una decepción para todos, pero la gente lo aceptará porque el precio humano habrá sido demasiado alto. Como escribió el periodista Meron Benvenisti: “No hay otra opción excepto persistir en los esfuerzos para construir una existencia soportable entre estos enemigos íntimos” . Una señal de que esto puede suceder es la reciente decisión de parte de un par de centenares de soldados israelíes que se niegan a seguir participando en la ocupación por que consideran que el costo es perder el carácter humano del ejército israelí y la corrupción de toda la sociedad israelí. Es claro que únicamente si un movimiento de este tipo logra ganar momento y arrastrar a buena parte de la sociedad, se logrará regresar al camino de la negociación y eventualmente a algo parecido a la paz.
