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Los musulmanes y las causas secuestradas
A la memoria de Naguib Yehya (1924-2001)
Mohamed Atta y yo teníamos muchas cosas en común. Atta fue el supuesto líder de los secuestradores suicidas del 11 de septiembre y el presunto piloto que estrelló uno de los Boeings 767 en contra de una de las Torres Gemelas. Ambos estudiamos ingeniería pero dejamos esa profesión por seguir nuestra pasión, en su caso la jihad internacional, la guerra santa, en el mío la literatura y el periodismo. Los dos crecimos en familias clasemedieras, hijos de padres profesionistas (el suyo egipcio, el mío sirio), estrictos, austeros y estoicos. Mi padre emigró a México cuando era adolescente, yo nací en el D.F. y de esa manera tuve la fortuna de vivir las guerras del medio oriente a través de la televisión. Ambos estudiamos en Europa y puedo imaginar la nostalgia, soledad y frustración que sufrió en Alemania, sentimientos que aparentemente lo condujeron hacia el extremismo fundamentalista organizado y el compromiso político por el que ofreció la vida.
Durante toda nuestra infancia y adolescencia vimos empeorar la situación del pueblo palestino, vimos como los regímenes más corruptos del medio oriente se fortalecían con el apoyo y las armas de los Estados Unidos y más tarde fuimos testigos de la guerra del Golfo y las devastadoras consecuencias de las sanciones impuestas contra el pueblo iraquí. Pero más que nada los dos somos producto de las políticas y mensajes contradictorios de nuestro tiempo y de nuestras culturas que por un lado anhelan a la modernidad y por otro la resienten con amargura. Él creció (murió a los 33 años yo tengo 38) en un Egipto en transición, que como México, se modernizaba lentamente renunciando a un férreo nacionalismo y se sumergía en una cultura globalizada dominada por el consumismo. Vimos a nuestros países endeudarse, comprometerse con el Fondo Monetario Internacional, abandonar todo compromiso social y entregarse de lleno a la ilusión del mercado libre. Atta, quien se especializó en urbanismo, veía con horror la occidentalización y macdonaldización de las ciudades árabes. Pero la geografía nos situó en caminos diferentes, mientras para mí la rebelión era la izquierda cínica, para él como para muchos egipcios fue el regreso a la religión, en particular a una versión extremadamente puritana, militante y agresiva del islam, como una opción a las ideologías de importación, tanto el socialismo como el capitalismo. Atta, como miles de jóvenes en el medio oriente, respondió a esa confusión refugiándose en el dios de la venganza.
El ataque del 11 de septiembre fue una catástrofe a muchos niveles, independientemente de las casi siete mil vidas perdidas y de los miles de millones de dólares en daños materiales, el legado de Atta y sus cómplices ha sido la estigmatización de los árabes y del islam en occidente. Desde la década de los 70 los árabes han despertado sospechas y desconfianza en aeropuertos y fronteras debido a los atentados palestinos de aquella época. En lo personal cientos de veces antes de abordar un avión o al descender de un tren he sido separado del resto de los viajeros y sometido a severas revisiones e interrogatorios. Aprendí desde la adolescencia que con una cara como la mía más vale acostumbrarse a ese tipo de trato preferencial.
No obstante, los atroces atentados en contra de las instituciones financieras y militares estadounidenses vinieron a reafirmar los prejuicios populares en contra del medio oriente y a legitimar a los ojos de muchos el racismo y rechazo en contra de la gente de “apariencia árabe”, sea lo que sea que signifique esto. Pocas horas después del atentado en diversas partes de los Estados Unidos tuvieron lugar actos violentos en contra de mezquitas, así como de tenderos yemenitas, oficinistas libaneses, peatones iraníes, dependientes de gasolinera sikhs, mujeres pakistaníes y hasta un grupo de israelíes. En varias ocasiones personas de apariencia árabe fueron obligadas a descender de aviones ya que el resto de los pasajeros no se sentían seguros. Un piloto saudita tuvo la mala fortuna de tratar de abordar un avión el 11 de septiembre y tras una confusión con sus papeles fue encerrado por tres semanas hasta que pudo demostrar su inocencia.
El gobierno de Bush no tardó en censurar esos actos de violencia y en diferenciar al islam y a los musulmanes de los genocidas que habían cometido los actos atroces del 11 de septiembre. Pero al mismo tiempo en que se difundían estos mensajes de conciliación y tolerancia el mismo Bush dijo que se lanzaría a un cruzada, aparentemente ignorando el significado y el impacto que aún tiene esa palabra en el mundo árabe. Así mismo por todos los medios se atizaba el fuego de la desconfianza y se enfatizaba que: “los terroristas viven entre nosotros, estudian nuestra costumbres y se hacen pasar por nuestros vecinos”. Además el análisis que el gobierno y los medios estadounidenses presentaban de los culpables era: “nos odian, odian nuestra libertad, odian nuestra democracia y nuestra forma de vida”. Esa infame simplificación de las complejas causas que han conducido a actos demenciales y monstruosos como estos ha radicalizado la atmósfera de inseguridad para los inmigrantes y ciudadanos musulmanes en los Estados Unidos. Frente a todas las mezquitas en Nueva York y otras ciudades hay ahora patrullas estacionadas de manera permanente. En los programas de opinión de la radio se escuchan continuamente voces cargadas de odio, desesperación y temor claman por el cierre de las fronteras, la expulsión de todos los árabes de los Estados Unidos, la destrucción de la Meca o por lo menos el encierro de todos los musulmanes en campos de concentración, como se hizo con los japoneses durante la segunda guerra mundial.
El legado de Atta y sus cómplices no será liberar a la tierra saudita de la presencia estadounidense, ni la creación de un estado palestino viable, ni la anulación de la sanciones en contra del pueblo iraquí. Atta y su gente secuestraron las causas que unían a la mayoría de los musulmanes y las volvieron tabú. El verdadero legado de Atta será haber convertido a los musulmanes en los leprosos de la modernidad, en un grupo humano que debe aceptar ser percibido como un peligro potencial.

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Comment by testanchor302 — October 16, 2005 @ 3:13 am