Afganistán: La guerra que Obama compró
En cenizas
El 4 de septiembre de 2009, el coronel del ejército alemán Georg Klein, quien era entonces el comandante de la base alemana en la región de Kunduz en el noreste de Afganistán, ordenó un ataque aéreo con misiles en contra de dos trailers tanques cargados de gasolina que el talibán había secuestrado. El entonces ministro de la defensa Franz Josef Jung declaró que en el ataque únicamente habían muerto militantes del talibán. Esto fue desmentido muy pronto. Reportes de hospitales, de las autoridades afganas, de grupos de derechos humanos y un video en el que se pueden ver los tanques rodeados de gente instantes antes de la explosión demostraron que más de 140 personas perdieron la vida en ese ataque. Se ha revelado que Klein supo inmediatamente de las pérdidas civiles y que el ministerio de la defensa optó por tratar de ocultar la verdad. Ante el creciente escándalo, el comandante en jefe del estado mayor, el general Wolfang Schneiderhan, y el secretario estatal del ministerio de la defensa, Peter Wichert, se vieron obligados a renunciar el pasado 26 de noviembre.

Georg Klein
El hecho de que los responsables de una masacre en Afganistán reciban cualquier tipo de condena o castigo es sorprendente. A más de ocho años de haber comenzado la “guerra contra el terror” es claro que la gran mayoría de los incontables crímenes cometidos por las tropas estadounidenses y la OTAN en Irak, Afganistán y Pakistán (aparte de otros frentes menores como Somalia y Yemen) han quedado impunes. Sin embargo, cualquier entusiasmo u optimismo que pudiera producir la renuncia de estos funcionarios se ve opacado por la naturaleza de la matanza misma. Las víctimas del ataque, militantes o civiles murieron incineradas. Considerando la muy triste historia del ejército alemán y del grotesco legado que arrastra en materia de reducir pueblos a cenizas, esta no es una participación muy auspiciosa en una guerra donde supuestamente el objetivo de la OTAN es humanitario.

Guerra como reality show
La masacre de cientos de individuos por parte del ejército alemán pasó inadvertida para la mayor parte de la población estadounidense, la cual ha logrado ignorar los conflictos que se pelean, supuestamente, en su nombre en Asia. La administración Bush ha pasado a la historia como una de las más ineficientes, incompetentes y corruptas, sin embargo si en algo triunfaron por encima de cualquier expectativa fue en su hábil manipulación del público, en la forma en que emplearon la propaganda no sólo para convencer al pueblo de la urgencia de lanzar guerras de agresión, invasión y ocupación sino en crear la ilusión de una guerra sin sacrificios, en la que la población civil vive protegida no de presuntos ataques enemigos sino de la imagen misma de la guerra. De tal manera fueron engendrados los conflictos ideales para la era de los reality shows y de la realidad virtual, guerras invisibles de los tiempos del Facebook, en donde hasta el 9-11 parece remoto y casi irreal. Obama no ha llamado al pueblo a salir a gastar y comprar cosas, como hizo Bush, Jr. ni tampoco ha inventado nuevos alivios fiscales para millonarios, sin embargo sigue proponiendo la ficción de que la de Afganistán es una guerra vital que, mágicamente, puede pelearse sin necesidad de que la población se pierda un solo episodio de America Idol ni un partido de la temporada de futbol americano.
La amenaza “vital”
En su discurso de West Point, Obama dijo que enviará alrededor de 30 mil soldados más a Afganistán (aparte de los 21 mil que mandó desde que tomó el poder), para lo que Max Hastings define como la ”administración de fracaso”. Las pérdidas humanas estadounidenses en la guerra de Afganistán no son nada si se comparan con las de Vietnam o la Segunda Guerra Mundial, no obstante ésta se está convirtiendo en la guerra estadounidense más larga y más fallida de la historia además de que 2009 ha sido el año más sangriento del conflicto. Obama no puede permitirse que lo vean como el presidente liberal –débil-inexperto (y de origen musulmán) que perdió Afganistán, por tanto ha aceptado la absurda lógica de fortalecer a sus tropas sin por lo tanto darle el empuje “necesario” para un conflicto de esta naturaleza, lo que significaría contar en el terreno con alrededor de 568 mil soldados, cifra necesaria para una invasión a un país de 28.4 millones de habitantes, de acuerdo con los cálculos del general David Petraeus en su manual de campo. De ser real la amenaza que representan el talibán y al Qaeda para el territorio y población estadounidense EUA, algo que nunca sucedió con el Vietcong, sería extraño y paradójico que Obama se conformara con enviar apenas a una fracción de los soldados necesarios para eliminar la amenaza.
La retirada
De acuerdo con los propios asesores del presidente Barack Obama, en Afganistán no hay más de un centenar de agentes de al Qaeda y el talibán no es una organización terrorista con alcance internacional sino un grupo militante nacionalista (fundamentalista, absurdo, perverso y medieval pero incapaz de atacar a los EUA). Obama puede pretender que la guerra en Afganistán es justa y necesaria pero no puede comprometerse a invertir billones de dólares (que el país no tiene) en una guerra sin fin ni finalidad, absurda e indecente. Por increíble que parezca, el costo por soldado por año en Afganistán es de un millón de dólares. Obama recurrió a insertar una “estrategia de salida” en su propuesta que consiste en anunciar que retirará a sus tropas en julio de 2011 y que su permanencia en ese país dependerá de que el gobierno afgano (uno de los cinco más corruptos del planeta, que ocupa el lugar 176 en la lista de la organización Transparency International, de 2006) “haga su parte”, es decir que se democratice, ordene a sus fuerzas armadas y elimine a los grupos que infunden miedo a los EUA. Esta cláusula irritó a los republicanos y a la derecha ya que según ellos al anunciar la retirada se está aceptando el fracaso. Pero cualquier persona medianamente instruida sabe que los afganos ven CNN y la BBC, que saben lo que sucede en los EUA y Europa, y no piensan sus invasiones en términos de semanas, meses o años sino más bien décadas. Por lo que el anuncio no es más que la inevitable confirmación de que esta guerra confronta dos culturas con percepciones totalmente diferentes del tiempo.
El mosaico destrozado
Los EUA han tratado de pintar a Afganistán como una nación pero la realidad es que se trata de un mosaico en proceso de desintegración, un pueblo diverso con una alfabetización inferior al 50% para los hombres y al 20% para las mujeres, donde pashtunes, tayikos, hazaras, uzbecos, aimakas, turkmenos y baloquistanos, entre otros conviven tensamente entre las ruinas de un país sistemáticamente demolido por luchas internas y siglos de invasiones. En medio del caos el talibán (un grupo principalmente pashtún de la región de Kandahar), con toda su brutalidad, ideología incoherente y obsesión fundamentalista parece para muchos una opción más honesta que la pandilla de asesinos y narcotraficantes que integran el gobierno de Hamid Kharzai. El presidente impuesto por Bush y sus neocones tuvo su oportunidad de redimirse pero en siete años tan sólo se ha mostrado como un títere de los intereses occidentales, un líder incapaz de controlar (o, mejor aún, de meter a la cárcel) a los jefes tribales que ahora constituyen su gabinete (supuestamente Karzai optó por incluirlos en su gobierno porque de lo contrario eran más peligrosos) y sobre todo ha sido un presidente “lavaperros” (término con que los afganos se refieren a sus compatriotas educados en el extranjero) incompetente, incapaz de reconstruir la infraestructura que han pulverizado propios y extraños, y que ha permitido que su país se convierta en un narco estado. Karzai, un pashtún de origen aristocrático, fue elegido como presidente en diciembre de 2001, tras la derrota del talibán por la Alianza del norte, el grupo tayiko que dirigía Ahmed Sha Massoud hasta su misterioso asesinato dos días antes del ataque a las Torres gemelas, del 11 de septiembre de 2001. Karzai era necesario porque un gobierno tayiko hubiera sido inaceptable para la mayoría pashtún. Karzai llegó al poder contando la leyenda de que tras el inicio de la “guerra contra el terror” él se lanzó a las montañas a organizar a las tribus en contra del talibán, armado únicamente con un teléfono satelital provisto por la CIA. Hoy Karzai es un hombre solitario, marginado por los líderes que hace poco lo paseaban como un trofeo, abandonado por sus aliados y frustrado por verse convertido en un espantapájaros de la política internacional.
Cleptócratas y Mentirosos
El régimen de Kabul declaró el 8 de diciembre que requerirá de cinco años para preparar a su ejército y policía, y de 20 años de ayuda económica de parte de la comunidad internacional. Este es el mismo gobierno que desapareció alrededor de 80 mil millones de dólares en cinco años. Menos de una semana después del discurso de West Point, donde Obama declaró que enviaría 30 mil soldados más a Afganistán, su propio secretario de la defensa, Robert Gates, y la secretaria de estado, Hillary Clinton, negaron que la retirada propuesta por Obama fuera algo definitivo y señalaron que las tropas se quedarían en Afganistán hasta que fueran necesarias. Con esto el único punto relativamente positivo del plan Obama se evaporó.
El epicentro del mal: Pakistán
Muchos medios estadounidenses afirman que el mayor problema de la iniciativa de Obama de enviar 30 mil soldados más a Afganistán, no es “escalar” la guerra sino que en vez de poner tropas en Afganistán debería ponerlas en Pakistán. Esto refleja un voraz apetito por ampliar la guerra, por extender el conflicto a un país nuclear que se encuentra al borde del colapso. Obama mencionó 25 veces en su discurso de West Point a Pakistán para enfatizar que veía a las dos naciones como una sola entidad. Esta noción no es del todo gratuita, los pashtunes, entre otros pueblo de la región, están acostumbrados a atravesar la frontera entre Afganistán y Pakistán como si ésta no existiera. Talibanes, milicianos, criminales, contrabandistas y civiles circulan a su gusto entre los dos países. Supuestamente al Qaeda tiene en Pakistán a más de 20 mil militantes que van y vienen sin temor. Este flujo ha complicado la tarea del ejército invasor por lo que los mandos militares no dejan de lamentarse de que mientras el enemigo ignora esta frontera los soldados estadounidenses deben respetarla. Este es otro caso de respeto selectivo a la ley. Mientras por un lado los EUA llevan a cabo asesinatos extrajudiciales en todo el mundo, intervienen en la política de naciones, tiran e imponen líderes, secuestran ciudadanos en cualquier lugar del planeta, rompen pactos y alianza a diestra y siniestra y se mofan de las Convenciones de Ginebra, por otra pretenden respetar una línea imaginaria (trazada de manera altanera, imperialista e irresponsable por el diplomático británico Mortimer Durand en 1893) como si se tratara de algo divino. Obama optó por complacer a los halcones al incrementar y extender el área de los ataques con drones, no únicamente en las regiones fronterizas tribales del Waziristán, donde ya se bombardea desde hace años, sino también en el Baluchistán paquistaní. De acuerdo con Seth Jones, el autor de In the Graveyard of the Empires: America’s War in Afghanistán, de no atacar el santuario del talibán en Baluchistán, la derrota estadounidense es inminente, ya que es ahí donde se planea, financía y organiza la insurrección. Los mujaedines financiados por la CIA emplearon la misma estrategia en la década de los 80 para derrotar a los soviéticos.
El monstruo ataca a su amo
Uno de los objetivos principales de esta guerra delirante era atrapar a Osama bin Laden, quien se ocultaba en las cuevas en las montañas de Tora Bora. Aparentemente el líder de al Qaeda también atravesó esa frontera y escapó a Pakistán. Hoy parecería que su paradero es irrelevante con lo que se enfatiza su calidad mítica. Los servicios de inteligencia pakistaníes, especialmente el ISI (Servicio Interno de Inteligencia) durante décadas apoyaron a Bin Laden y a varios grupos islámicos fundamentalistas, a los que han utilizado para hostigar a los hindúes en Kashmir así como para ejercer influencia en Afganistán y para exprimir recursos a la CIA. No obstante, las cosas cambiaron en 2007 cuando apareció el talibán paquistaní, el cual ha lanzado numerosos ataques terroristas y suicidas, en diversas partes del país, particularmente en contra de cuarteles militares, ministerios e instalaciones de alta seguridad. Se supone que este grupo fue responsable del asesinato de Benazir Buttho. De manera en que al estilo frankeinsteiniano el engendro se ha tornado contra su creador.
Repetir la receta para el desastre
A regañadientes Pakistán aceptó el incremento de ataques con drones. Durante la administración Obama estos ataques, que supuestamente han asesinado a más de 400 militantes enemigos, se han multiplicado. Scott Shane escribe con azoro y fascinación en un artículo de primera plana del New York :“Esta es la primera vez en que una agencia de inteligencia civil está empleando robots para llevar a cabo una misión militar, seleccionando gente para ser asesinada en un país con el que los EUA no están oficialmente en guerra”. Shane afirma que se debe a este programa la eliminación de docenas de figuras principales del talibán y al Qaeda. Sin embargo, desde que el programa se extendió la resistencia se ha fortalecido en vez de debilitado. Si bien puede parecer que esta tecnología servirá para desmoronar poco a poco a los grupos fundamentalistas, lo que parece más probable es que radicalizará e inflamará aún más a la población pakistaní, y al resto de mundo árabe. No olvidemos que el origen de la “guerra contra el terror” está en un ataque lanzado en contra de los EUA por parte de un grupo resentido por las políticas y acciones intervencionistas de los EUA en el mundo islámico. La serpiente se muerde la cola.











